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viernes, 4 de diciembre de 2020

 TERCERA HORA

De las 7 a las 8 de la noche

La Cena Legal

Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración,

y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu

Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza

sobre tu corazón empiezo:

Oh Jesús, ya llegas al cenáculo junto con tus amados discípulos y te pones a cenar

con ellos. Qué dulzura, qué afabilidad no muestras en toda tu persona al abajarte a

tomar por última vez el alimento material. Allí todo es amor en Ti, también en esto

no sólo reparas por los pecados de gula, sino que impetras también la santificación

del alimento, y así como éste se convierte en fuerza, así nos obtienes la santidad

hasta en las cosas más bajas y más comunes.

Jesús, vida mía, tu mirada dulce y penetrante parece escrutar a todos los

apóstoles, y aun en el acto de tomar el alimento tu corazón queda traspasado al ver

a tus amados apóstoles débiles y vacilantes aún, especialmente el pérfido Judas que

ya ha puesto un pie en el infierno. Y Tú desde el fondo de tu corazón amargamente

dices:

«¿Cuál es la utilidad de mi sangre? ¡He aquí un alma, tan beneficiada por Mí, y

está perdida!»

Y con tus ojos resplandecientes de luz lo miras, como queriendo hacerle

comprender el gran mal cometido. Pero tu suprema caridad te hace soportar este

dolor y no lo manifiestas ni siquiera a tus amados discípulos; y mientras te dueles

por Judas, tu corazón quisiera llenarse de júbilo al ver a tu izquierda a tu amado

discípulo Juan, tanto, que no pudiendo contener más el amor, atrayéndolo

dulcemente a Ti le haces apoyar su cabeza sobre tu corazón, haciéndole sentir el

paraíso por adelantado.

Es en esta hora solemne que en los dos discípulos vienen representados los dos

pueblos: el réprobo y el elegido. El réprobo en Judas, que siente ya el infierno en el

corazón; y el elegido en Juan, que en Ti reposa y goza.

Oh dulce bien mío, también yo me pongo cerca de Ti, y junto a tu amado discípulo

quiero apoyar mi cabeza cansada sobre tu corazón adorable y rogarte que me hagas 

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sentir, aun sobre esta tierra, las delicias del Cielo, y así, raptada por las dulces

armonías de tu corazón, la tierra no sea para mí más tierra, sino Cielo.

Pero en esas armonías dulcísimas y divinas, siento que se te escapan dolorosos

latidos, son por las almas perdidas. ¡Oh Jesús, no permitas que nuevas almas se

pierdan, haz que tu latido corriendo en el suyo les haga sentir los latidos de la vida

del Cielo, como los siente tu amado discípulo Juan, y atraídas por la suavidad y

dulzura de tu amor, todas puedan rendirse a Ti!

Oh Jesús, mientras permanezco en tu corazón, dame también a mí el alimento

como se lo diste a los apóstoles, el alimento de tu divina Voluntad, el alimento del

amor, el alimento de la palabra divina. Jamás me niegues, oh mi Jesús, este alimento

que Tú tanto deseas darme, de modo de formar en mí tu misma vida.

Dulce bien mío, mientras me estoy a tu lado, veo que el alimento que tomas junto

con tus amados discípulos no es otro que un cordero. Es el cordero que te

representa, y así como en este cordero, por la fuerza del fuego, no queda ningún

humor vital, así Tú, cordero místico, que por las criaturas debes consumirte todo por

fuerza de amor, ni siquiera una gota de tu sangre conservarás para Ti, derramándola

toda por amor nuestro.

Así que, oh Jesús, nada haces que no represente a lo vivo tu dolorosísima Pasión,

que tienes siempre presente en la mente, en el corazón, en todo, y esto me enseña

que si también yo tuviera siempre delante a mi mente y en el corazón el

pensamiento de tu Pasión, jamás me negarías el alimento de tu amor. ¡Cuánto te

agradezco por esto!

Oh mi Jesús, ningún acto se te escapa en que no me tengas presente y con el que

no intentes hacerme un bien especial, por eso te ruego que tu Pasión esté siempre

en mi mente, en mi corazón, en mis miradas, en mis obras, en mis pasos, a fin de que

a donde quiera que me dirija, dentro y fuera de mí, te encuentre siempre presente a

mí, y dame la gracia de que jamás olvide lo que has sufrido y padecido por mí. Ésta

sea para mí un imán, que atrayendo todo mi ser en Ti, no me deje alejarme de Ti.

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