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domingo, 13 de diciembre de 2020

 DECIMOCTAVA HORA De las 10 a las 11 de la mañana Jesús toma la cruz y se dirige al calvario donde es desnudado. Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Mi Jesús, amor insaciable, veo que no te das paz, siento tus desvaríos de amor, tus dolores; el corazón te late con fuerza y en cada latido siento explosiones, torturas, violencias de amor, y Tú, no pudiendo contener el fuego que te devora, te afanas, gimes, suspiras, y en cada gemido te oigo decir: «¡Cruz!» Cada gota de tu sangre repite: «¡Cruz!» Todas tus penas, en las cuales como en un mar interminable Tú nadas dentro, repiten entre ellas: «¡Cruz!» Y Tú exclamas: «¡Oh cruz amada y suspirada, tú sola salvarás a mis hijos, y Yo concentro en ti todo mi amor!» Segunda coronación de espinas Entre tanto, tus enemigos te hacen reentrar en el pretorio, te quitan la púrpura queriendo ponerte de nuevo tus vestidos. ¡Pero ay, cuánto dolor! ¡Me sería más dulce el morir que verte sufrir tanto! ¡La vestidura se atora en la corona y no pueden sacártela por arriba, así que con crueldad jamás vista te arrancan todo junto, vestidos y corona. A tan cruel tirón muchas espinas se rompen y quedan clavadas en tu santísima cabeza; la sangre a ríos te llueve y es tanto tu dolor, que gimes; pero tus enemigos no tomando en cuenta tus torturas, te ponen tus vestiduras y de nuevo vuelven a ponerte la corona oprimiéndola fuertemente sobre tu cabeza, y hacen que las espinas te lleguen a los ojos, a las orejas, así que no hay parte de tu santísima cabeza que no sienta los pinchazos de ellas. 65 Es tanto tu dolor que vacilas bajo esas manos crueles, te estremeces de pies a cabeza y entre atroces espasmos estás a punto de morir, y con tus ojos apagados y llenos de sangre, con trabajos me miras para pedirme ayuda en medio de tanto dolor. Mi Jesús, Rey de los dolores, deja que te sostenga y te estreche a mi corazón. Quisiera tomar el fuego que te devora para incinerar a tus enemigos y ponerte a salvo, pero Tú no quieres porque las ansias de la cruz se hacen más ardientes y quieres inmolarte ya sobre ella, aun para bien de tus mismos enemigos. Pero mientras te estrecho a mi corazón, Tú estrechándome al tuyo me dices: «Hija mía, hazme desahogar mi amor, y junto conmigo repara por aquellos que hacen el bien y me deshonran. Estos judíos me visten con mis ropas para desacreditarme mayormente ante el pueblo, para convencerlo de que Yo soy un malhechor. Aparentemente la acción de vestirme era buena, pero en sí misma era mala. Ah, cuántos hacen obras buenas, administran sacramentos, los frecuentan pero con fines humanos e incluso perversos, pero el bien mal hecho lleva a la dureza; Yo quiero ser coronado una segunda vez, con dolores más atroces que en la primera, para romper esta dureza y así, con mis espinas, atraerlos a Mí. Ah, hija mía, esta segunda coronación me es mucho más dolorosa, la cabeza me la siento nadando entre espinas, y en cada movimiento que hago o golpe que me dan, tantas muertes crueles sufro. Reparo así la malicia de las ofensas, reparo por aquellos que en cualquier estado de ánimo en que se encuentren, en vez de pensar en la propia santificación se disipan y rechazan mi Gracia, y regresan a darme espinas más punzantes, y Yo soy obligado a gemir, a llorar con lágrimas de sangre y a suspirar por su salvación. ¡Ah, Yo hago todo por amarlas, y las criaturas hacen de todo para ofenderme! Al menos tú no me dejes solo en mis penas y en mis reparaciones». Jesús toma la cruz Destrozado bien mío, contigo reparo, contigo sufro, pero veo que tus enemigos te precipitan por las escaleras, el pueblo con furor y ansias te espera; ya te hacen encontrar preparada la cruz, que con tantos suspiros buscas, y Tú con amor la miras y con paso decidido te acercas a abrazarla, pero antes la besas, y corriéndote un estremecimiento de alegría por tu santísima Humanidad, con sumo contento tuyo vuelves a mirarla y mides su largo y su ancho. 66 En ella estableces la porción para todas las criaturas, las dotas suficientemente para vincularlas a la Divinidad con nudo de nupcias y hacerlas herederas del Reino de los Cielos; después, no pudiendo contener el amor con el cual las amas, vuelves a besar la cruz y le dices: «Cruz adorada, finalmente te abrazo; eras tú el suspiro de mi corazón, el martirio de mi amor, pero tú, oh cruz, tardaste hasta ahora, mientras mis pasos siempre se dirigían hacia ti. Cruz santa, eras tú la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia acá abajo, en ti concentro todo mi Ser; en ti pongo a todos mis hijos y tú serás su vida y su luz, su defensa, su custodia, su fuerza. Tú los ayudarás en todo y me los conducirás gloriosos al Cielo. Oh cruz, cátedra de sabiduría, sólo tú enseñarás la verdadera santidad, sólo tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los santos. Cruz bella, tú eres mi trono y debiendo Yo partir de la tierra, tú permanecerás en lugar mío; a ti te entrego en dote a todas las almas. A ti las confío para que me las custodies y me las salves». Y diciendo esto, ansioso te la haces poner sobre tus santísimos hombros. Ah mi Jesús, la cruz para tu amor es demasiado ligera, pero al peso de la cruz se une el de nuestras enormes e inmensas culpas, enormes e inmensas cuanto es la extensión de los cielos, y Tú, quebrantado bien mío, te sientes aplastar bajo el peso de tantas culpas, tu alma se horroriza ante la vista de ellas y siente la pena de cada culpa; tu santidad queda turbada ante tanta fealdad, y por esto poniendo la cruz sobre tus hombros, vacilas, jadeas, y de tu santísima Humanidad brota un sudor mortal. Ah, amor mío, no tengo ánimo para dejarte solo, quiero dividir junto contigo el peso de la cruz, y para aliviarte el peso de las culpas me estrecho a tus pies; quiero darte a nombre de todas las criaturas: Amor por quien no te ama, alabanzas por quien te desprecia, bendiciones, agradecimientos, obediencia por todas. Declaro que en cualquier ofensa que recibas, yo quiero ofrecerte toda yo misma para repararte, hacer el acto opuesto a las ofensas que las criaturas te hacen y consolarte con mis besos y mis continuos actos de amor. Pero veo que soy demasiado miserable, tengo necesidad de Ti para poderte reparar de verdad, por eso me uno a tu santísima Humanidad, y junto a Ti uno mis pensamientos a los tuyos para reparar mis pensamientos malos y los de todos; uno 67 mi boca a la tuya para reparar las blasfemias y las malas conversaciones; uno mi corazón al tuyo para reparar las inclinaciones, los deseos y los afectos malos; en una palabra, quiero reparar todo lo que repara tu santísima Humanidad, uniéndome a la inmensidad de tu amor por todos y al bien inmenso que haces a todos. Pero no estoy contenta aún, quiero unirme a tu Divinidad y perder mi nada en Ella, y así te doy el todo: Te doy tu amor para confortar tus amarguras; te doy tu corazón para reconfortarte por nuestras frialdades, incorrespondencias, ingratitudes y poco amor de las criaturas; te doy tus armonías para aliviarte el oído de las blasfemias que le llegan; te doy tu belleza para reconfortarte de las fealdades de nuestras almas cuando nos ensuciamos en la culpa; te doy tu pureza para aliviarte por las faltas de rectitud de intención, y por el fango y podredumbre que ves en tantas almas; te doy tu inmensidad para aliviarte de las estrecheces voluntarias donde se meten las almas; te doy tu ardor para quemar todos los pecados y todos los corazones, a fin de que todos te amen y ninguno más te ofenda; en suma, te doy todo lo que Tú eres para darte satisfacción infinita, amor eterno, inmenso e infinito. La vía dolorosa al calvario Mi pacientísimo Jesús, veo que das los primeros pasos bajo el peso enorme de la cruz, y yo uno mis pasos a los tuyos y cuando Tú, débil, desangrado y vacilante estés por caer, yo estaré a tu lado para sostenerte, pondré mis hombros bajo la cruz para dividir junto contigo el peso de ella. Tú no me desdeñarás, sino acéptame como tu fiel compañera. Oh Jesús, me miras y veo que reparas por aquellos que no llevan con resignación su propia cruz, sino que maldicen, se irritan, se suicidan y cometen homicidios; y Tú impetras para todos amor y resignación a la propia cruz; pero es tanto tu dolor, que te sientes como destrozar bajo la cruz. Jesús cae por primera vez Son apenas los primeros pasos que das y ya caes bajo de ella, y al caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan más en tu cabeza, mientras que todas tus llagas se abren y sangran nuevamente; y como no tienes fuerzas para levantarte, tus enemigos, irritados, a patadas y con empujones tratan de ponerte en pie. 68 Caído amor mío, deja que te ayude a ponerte en pie, te bese, te limpie la sangre y junto contigo repare por aquellos que pecan por ignorancia, por fragilidad y debilidad, y te ruego que des ayuda a estas almas. Jesús encuentra a su Madre Santísima Vida mía, Jesús, tus enemigos haciéndote sufrir penas inauditas, han logrado ponerte en pie, y mientras caminas vacilante oigo tu respiro afanoso, tu corazón late más fuerte y nuevas penas te lo traspasan intensamente, sacudes la cabeza para quitar de tus ojos la sangre que los llena, y ansioso miras. Ah mi Jesús, he entendido todo, es tu Mamá que como gimiente paloma va en tu busca, quiere decirte una última palabra y recibir una última mirada tuya, y Tú sientes sus penas, su corazón lacerado en el tuyo, y enternecido y herido por vuestro común amor la descubres, que abriéndose paso a través de la muchedumbre, a cualquier costo quiere verte, abrazarte y darte el último adiós. Pero Tú quedas aún más traspasado al ver su palidez mortal y todas tus penas reproducidas en Ella por la fuerza del amor. Y si Ella continúa viviendo es sólo por un milagro de tu Omnipotencia. Ya diriges tus pasos al encuentro de los suyos, pero con trabajo podéis intercambiar las miradas. ¡Oh dolor del corazón de ambos! Los soldados lo advierten y con golpes y empujones impiden que Madre e Hijo se den el último adiós, y es tan grande la angustia de los dos, que tu Mamá queda petrificada por el dolor y casi está por sucumbir; el fiel Juan y las piadosas mujeres la sostienen, mientras Tú de nuevo caes bajo la cruz. Jesús cae por segunda vez Entonces tu doliente Mamá, lo que no hace con el cuerpo porque se ve imposibilitada lo hace con el alma, entra en Ti, hace suyo el Querer del Eterno y asociándose en todas tus penas te hace el oficio de Mamá, te besa, te repara, te cura, y en todas tus llagas derrama el bálsamo de su doloroso amor. Mi Penante Jesús, también yo me uno con la traspasada Mamá, hago mías todas tus penas y en cada gota de tu sangre, en cada una de tus llagas quiero hacerte de mamá, y junto con Ella y contigo reparo por todos los encuentros peligrosos y por aquellos que se exponen a las ocasiones de pecar, o que obligados a exponerse por la necesidad quedan atrapados por el pecado. 69 Tú entre tanto gimes caído bajo la cruz, los soldados temen que mueras bajo el peso de tantos martirios y por la pérdida de tanta sangre; no obstante esto, a fuerza de latigazos y patadas, con dificultad llegan a ponerte de pie. Así reparas las repetidas caídas en el pecado, los pecados graves cometidos por toda clase de personas y ruegas por los pecadores obstinados, y lloras con lágrimas de sangre por su conversión. La llaga del hombro Quebrantado amor mío, mientras te sigo en las reparaciones, veo que no te sostienes bajo el peso enorme de la cruz. Ya tiemblas todo, las espinas a los continuos golpes que recibes penetran siempre más en tu santísima cabeza, la cruz por su gran peso se hunde en tu hombro formando una llaga tan profunda que descubre los huesos, y a cada paso me parece que mueres, y por lo tanto te ves imposibilitado para seguir adelante. Pero tu amor que todo puede te da la fuerza, y conforme sientes que la cruz se hunde en tu hombro, reparas por los pecados escondidos, que no siendo reparados acrecientan la crudeza de tus dolores. Mi Jesús, deja que ponga mi hombro bajo la cruz para aliviarte, y contigo reparo todos los pecados ocultos. El Cirineo carga la cruz de Jesús Pero tus enemigos, por temor de que Tú mueras bajo la cruz, obligan al Cireneo a ayudarte a llevar la cruz, el cual, de mala gana y refunfuñando, no por amor sino por fuerza te ayuda. Y entonces en tu corazón hacen eco todos los lamentos de quien sufre, las faltas de resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios en el sufrir; pero mucho más quedas herido al ver que las almas consagradas a Ti, a quienes llamas por compañeras y ayudas en tu dolor te huyen, y si Tú las estrechas a Ti con el dolor, ah, ellas se desvinculan de tus brazos para ir en busca de placeres y así te dejan solo para sufrir. Mi Jesús, mientras reparo contigo te ruego que me estreches entre tus brazos, y tan fuerte que no haya ninguna pena que Tú sufras de la cual no tome parte, para transformarme en ellas y para compensarte por el abandono de todas las criaturas. Fatigado Jesús mío, con trabajo caminas y todo encorvado, pero veo que te detienes y tratas de mirar. Corazón mío, ¿pero qué pasa? ¿Qué quieres? Ah, es la Verónica, que sin temor a nada, valientemente con un paño te limpia el rostro todo cubierto de sangre, y Tú se lo dejas estampado en señal de gratitud. 70 Jesús consuela a las piadosas mujeres Entre tanto los enemigos viendo mal este acto de la Verónica, te azotan, te empujan y te hacen proseguir el camino. Otros pocos pasos y te detienes de nuevo, pero tu amor, bajo el peso de tantas penas no se detiene, y viendo a las piadosas mujeres que lloran por causa de tus penas, te olvidas de Ti mismo y las consuelas diciéndoles: «Hijas, no lloréis por mis penas sino por vuestros pecados y los de vuestros hijos». (Lc 23, 28) ¡Qué enseñanza sublime! ¡Cómo es dulce tu palabra! Oh Jesús, contigo reparo las faltas de caridad y te pido la gracia de olvidarme de mí misma para que no recuerde otra cosa que a Ti solo. Jesús cae por tercera vez Pero tus enemigos, oyéndote hablar se llenan de furia, te jalan con las cuerdas, te empujan con tanta rabia que te hacen caer, y cayendo te golpeas en las piedras; el peso de la cruz te oprime y te sientes morir. Deja que te sostenga y que con mis manos resguarde tu santísimo rostro. Veo que tocas la tierra y boqueas en la sangre; pero tus enemigos te quieren poner de pie, tiran de Ti con las cuerdas, te levantan por los cabellos, te dan patadas, pero todo en vano. ¡Tú mueres Jesús mío! ¡Qué pena, se me rompe el corazón por el dolor! Y casi arrastrándote te conducen al monte calvario. Mientras te arrastran siento que reparas todas las ofensas de las almas consagradas a Ti, que te dan tanto peso, que por cuanto Tú te esfuerzas por levantarte te resulta imposible. Y así, arrastrado y pisoteado llegas al calvario, dejando por donde pasas rojas huellas de tu preciosa sangre. Jesús desvestido y coronado de espinas por tercera vez Aquí en el calvario nuevos dolores te esperan. Te desnudan de nuevo y te arrancan vestidura y corona de espinas. Ah, gimes al sentir que te arrancan las espinas de tu cabeza; y al tiempo que te arrancan la vestidura, te arrancan también las carnes desgarradas que están adheridas a ella. Las llagas se abren de nuevo, la sangre corre a ríos hasta la tierra, y es tanto el dolor que caes casi muerto. 71 Pero nadie se mueve a compasión por Ti, mi bien, al contrario, con bestial furor te ponen de nuevo la corona de espinas, te la clavan a golpes, y es tanto el tormento por las laceraciones y por el arrancar de tus cabellos amasados en la sangre coagulada, que sólo los ángeles podrían decir lo que sufres, mientras horrorizados retiran sus celestiales miradas y lloran. Desnudado Jesús mío, permíteme que te estreche a mi corazón para calentarte, porque veo que tiemblas y que un frío sudor de muerte invade tu santísima Humanidad. ¡Cuánto quisiera darte mi vida y mi sangre para sustituir a la tuya, que has perdido para darme vida! Mientras tanto, Jesús mirándome con sus lánguidos y moribundos ojos, parece que me dice: «¡Hija mía, cuánto me cuestan las almas! Aquí es el lugar donde los espero a todos para salvarlos, donde quiero reparar los pecados de aquellos que llegan a degradarse por debajo de las bestias, y se obstinan tanto en ofenderme que llegan a no saber vivir sin cometer pecados. Su razón queda ciega y pecan a tontas y a locas; he aquí el por qué me coronan de espinas por tercera vez. Y con el desnudarme reparo por aquellos que llevan vestidos de lujo e indecentes, por los pecados contra la modestia y por aquellos que están tan atados a las riquezas, a los honores, a los placeres, que de ellos se forman un dios para sus corazones. Ah sí, cada una de estas ofensas es una muerte que siento, y si no muero es porque el Querer de mi eterno Padre no ha decretado aún el momento de mi muerte». Desnudado bien mío, mientras reparo contigo te ruego que con tus santísimas manos me despojes de todo y no permitas que ningún afecto malo entre en mi corazón, te ruego que Tú me lo vigiles, me lo circundes con tus penas, me lo llenes de tu amor, te ruego que mi vida no sea otra cosa que la repetición de la tuya, y reafirma con tu bendición mi despojamiento; bendíceme de corazón y dame la fuerza de asistir a tu dolorosa crucifixión para quedar crucificada junto contigo.

 DECIMASEPTIMA HORA De las 9 a las 10 de la mañana Jesús coronado de espinas. “Ecce Homo.” Jesús es condenado a muerte. Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: 58 Mi Jesús, amor infinito, mientras más te miro más comprendo cuánto sufres. Ya estás todo lacerado y no hay parte sana en Ti; los verdugos enfurecidos al ver que Tú en medio de tantas penas los miras con tanto amor, que tu mirada amorosa formando un dulce encanto, casi como tantas voces ruegan y suplican más penas y nuevas penas, y estos, si bien inhumanos, pero también forzados por tu amor, te ponen de pie, y Tú, no sosteniéndote caes de nuevo en tu propia sangre, y ellos, irritados, con patadas y con empujones te hacen llegar al lugar donde te coronarán de espinas. Amor mío, si Tú no me sostienes con tu mirada de amor, yo no puedo continuar viéndote sufrir. Siento ya un escalofrío en los huesos, el corazón me late fuertemente, me siento morir, ¡Jesús, Jesús, ayúdame! Y mi amable Jesús me dice: «Animo, no pierdas nada de lo que he sufrido; sé atenta a mis enseñanzas. Yo debo rehacer en todo al hombre, la culpa le ha quitado la corona y lo ha coronado de oprobios y de confusión, así que no puede comparecer ante mi Majestad, la culpa lo ha deshonrado haciéndole perder todo derecho a los honores y a la gloria, por eso quiero ser coronado de espinas, para poner sobre la frente del hombre la corona y restituirle todos los derechos a cualquier honor y gloria; y mis espinas serán ante mi Padre reparaciones y voces de disculpa por los tantos pecados de pensamiento y especialmente de soberbia; y serán voces de luz y de súplica a cada mente creada para que no me ofendan; por eso, tú únete conmigo y ora y repara junto conmigo». Coronado Jesús, tus crueles enemigos te hacen sentar, te ponen encima un trapo de púrpura, toman la corona de espinas y con furia infernal te la ponen sobre tu adorable cabeza, y a golpes de palo te hacen penetrar las espinas en la frente, y algunas te llegan hasta los ojos, a las orejas, al cráneo y hasta detrás en la nuca. ¡Amor mío, qué desgarro, qué penas tan inenarrables! ¡Cuántas muertes crueles no sufres! La sangre te corre sobre tu rostro, de manera que no se ve más que sangre, pero bajo esas espinas y esa sangre se descubre tu rostro santísimo radiante de dulzura, de paz y de amor, y los verdugos queriendo completar la tragedia te vendan los ojos, te ponen una caña en la mano por cetro y comienzan sus burlas. Te saludan como rey de los judíos, te golpean la corona, te dan bofetadas y te dicen: «Adivina quién te ha golpeado». (Lc 22, 64) Y Tú callas y respondes con reparar las ambiciones de quienes aspiran a reinos, a las dignidades, a los honores, y por aquellos que encontrándose en estos puestos, no 59 comportándose bien forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos, y cuyos malos ejemplos son causa de empujar al mal y de que se pierdan almas. Con esa caña que tienes en la mano reparas por tantas obras buenas vacías de espíritu interior, e incluso hechas con malas intenciones. En los insultos y en esa venda reparas por aquellos que ponen en ridículo las cosas más santas, desacreditándolas y profanándolas, y reparas por aquellos que se vendan la vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad. Con esta venda impetras para nosotros el que nos quitemos las vendas de las pasiones, de las riquezas y los placeres. Mi Rey Jesús, tus enemigos continúan sus insultos, y la sangre que escurre de tu santísima cabeza es tanta, que llegándote hasta la boca te impide hacerme oír claramente tu dulcísima voz, y por eso no puedo hacer lo que haces Tú, por eso vengo a tus brazos, quiero sostener tu cabeza traspasada y dolorida, quiero poner mi cabeza bajo esas espinas para sentir sus pinchazos. Pero mientras digo esto, mi Jesús me llama con su mirada de amor y yo corro, me abrazo a su corazón y trato de sostener su cabeza. ¡Oh, cómo es bello estar con Jesús, aun en medio de mil tormentos! Y Él me dice: «Hija mía, estas espinas dicen que quiero ser constituido rey de cada corazón; a Mí me corresponde todo dominio; tú toma estas espinas y pincha tu corazón y haz salir de él todo lo que a Mí no pertenece y deja las espinas dentro de tu corazón como señal de que Yo soy tu Rey y para impedir que ninguna otra cosa entre en ti. Después gira por todos los corazones, y pinchándolos haz salir de ellos todos los humos de soberbia, la podredumbre que contienen, y constitúyeme Rey de todos». Amor mío, el corazón se me oprime al dejarte, por eso te ruego que ensordezcas mis oídos con tus espinas para que sólo pueda oír tu voz; que me cubras los ojos con tus espinas para poder mirarte sólo a Ti; que me llenes con tus espinas la boca, de modo que mi lengua quede muda a todo lo que pudiera ofenderte, y tenga libre la lengua para alabarte y bendecirte en todo. Oh mi Rey Jesús, circúndame de espinas, y estas espinas me custodien, me defiendan y me tengan toda atenta a Ti. Y ahora quiero limpiarte la sangre y besarte, porque veo que tus enemigos te conducen a Pilatos, el cual te condenará a muerte. Amor mío, ayúdame a continuar tu dolorosa vida y bendíceme. 60 Jesús de nuevo ante Pilatos Mi coronado Jesús, mi pobre corazón herido por tu amor y traspasado por tus penas no puede vivir sin Ti, por eso te busco y te encuentro nuevamente ante Pilatos. ¡Pero qué espectáculo conmovedor! ¡Los Cielos se horrorizan y el infierno tiembla de espanto y de rabia! Vida de mi corazón, mi mirada no puede soportar el mirarte sin sentirme morir; pero la fuerza raptora de tu amor me obliga a mirarte para hacerme comprender bien tus penas; y yo entre lágrimas y suspiros te contemplo. Mi Jesús, estás desnudo, y en vez de vestidos te veo vestido de sangre, las carnes abiertas y destrozadas, los huesos al descubierto, tu santísimo rostro irreconocible; las espinas clavadas en tu santísima cabeza te llegan a los ojos, al rostro, y yo no veo más que sangre, que corriendo hasta la tierra forma un arroyo sanguinolento bajo tus pies. ¡Mi Jesús, no te reconozco más por como has quedado reducido! ¡Tu estado ha llegado a los excesos más profundos de las humillaciones y de los dolores! ¡Ah, no puedo soportar tu visión tan dolorosa! Me siento morir, quisiera arrebatarte de la presencia de Pilatos para encerrarte en mi corazón y darte descanso; quisiera sanar tus llagas con mi amor, y con tu sangre quisiera inundar todo el mundo para encerrar en ella a todas las almas y conducirlas a Ti como conquista de tus penas. Y Tú, oh paciente Jesús, a duras penas parece que me miras por entre las espinas y me dices: «Hija mía, ven entre mis atados brazos, apoya tu cabeza sobre mi seno y verás dolores más intensos y acerbos, porque lo que ves por fuera de mi Humanidad no es otra cosa que el desahogo de mis penas interiores. Pon atención a los latidos de mi corazón y oirás que reparo las injusticias de los que mandan, la opresión de los pobres, de los inocentes pospuestos a los culpables, la soberbia de aquellos que para conservar las dignidades, los cargos, las riquezas, no dudan en romper cualquier ley y en hacer mal al prójimo, cerrando los ojos a la luz de la verdad. Con estas espinas quiero romper el espíritu de soberbia de “sus señorías”, y con las heridas que forman en mi cabeza quiero abrirme camino en sus mentes, para reordenar en ellas todas las cosas según la luz de la verdad. Con estar así humillado ante este injusto juez, quiero hacer comprender a todos que solamente la virtud es la que constituye al hombre rey de sí mismo, y enseño a quien manda, que solamente la virtud, unida al recto saber, es la única digna y capaz de gobernar y 61 regir a los demás, mientras que todas las otras dignidades, sin la virtud, son cosas peligrosas y deplorables. Hija mía, haz eco a mis reparaciones y sigue poniendo atención a mis penas». Amor mío, veo que Pilatos, al verte tan malamente reducido, se siente estremecer y todo impresionado exclama: «¿Será posible tanta crueldad en los corazones humanos? ¡Ah, no era esta mi voluntad al condenarlo a los azotes!» Y queriendo liberarte de las manos de tus enemigos, para poder encontrar razones más convenientes, todo hastiado y apartando la mirada, porque no puede sostener tu visión demasiado dolorosa, vuelve a interrogarte: «Pero dime, ¿qué has hecho? Tu gente te ha entregado en mis manos, dime, ¿Tú eres rey? ¿Cuál es tu reino?» A las preguntas apresuradas de Pilatos, Tú, oh mi Jesús, no respondes, y ensimismado en Ti mismo piensas en salvar mi pobre alma a costa de tantas penas. Y Pilatos, porque no respondes, añade: «¿No sabes Tú que está en mi poder el liberarte o el condenarte?» (Jn 19, 10) Pero Tú, oh amor mío, queriendo hacer resplandecer en la mente de Pilatos la luz de la verdad le respondes: «No tendrías ningún poder sobre Mí si no te viniera de lo alto, pero aquellos que me han entregado en tus manos han cometido un pecado más grave que el tuyo». (Jn 19, 11) Entonces Pilatos, como movido por la dulzura de tu voz, indeciso como está, con el corazón en tempestad, creyendo que los corazones de los judíos fuesen más piadosos, se decide a mostrarte desde la terraza, esperando que se muevan a compasión al verte tan desgarrado, y así poderte liberar. Dolorido Jesús mío, mi corazón desfallece al verte seguir a Pilatos, con trabajos caminas y encorvado bajo aquella horrible corona de espinas, la sangre marca tus pasos, y en cuanto sales fuera escuchas a la muchedumbre escandalosa que, ansiosa espera tu condena. 62 Pilatos imponiendo silencio para llamar la atención de todos y hacerse escuchar por todos, toma con repugnancia los dos extremos de la púrpura que te cubre el pecho y los hombros, los levanta para hacer que todos vean a qué estado has quedado reducido, y en voz alta dice: «¡Ecce Homo!» (“¡Aquí tienen al hombre!”) Mírenlo, no tiene más figura de hombre, observen sus llagas; ya no se le reconoce; si ha hecho mal ya ha sufrido suficiente, más bien demasiado; yo estoy arrepentido de haberle hecho sufrir tanto, por eso dejémoslo libre». Jesús, amor mío, deja que te sostenga, porque veo que no sosteniéndote en pie bajo el peso de tantas penas, vacilas. Ah, en este momento solemne se decide tu suerte, a las palabras de Pilatos se hace un profundo silencio en el Cielo, en la tierra y en el infierno. Y después, como en una sola voz oigo el grito de todos: «¡Crucifícalo, crucifícalo, a cualquier costo lo queremos muerto!» (Lc 23, 21) Vida mía, Jesús, veo que tiemblas, el grito de muerte desciende en tu corazón, y en estas voces descubres la voz de tu amado Padre que dice: «¡Hijo mío, te quiero muerto, y muerto crucificado!» Ah, oyes también a tu Mamá, que si bien traspasada, desolada, hace eco a tu amado Padre: «¡Hijo, te quiero muerto!» Los ángeles, los santos, el infierno, todos a voz unánime gritan: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» Así que no hay alma que te quiera vivo. Y, ay, ay, con mi mayor rubor, dolor y horror, también yo me siento obligada por una fuerza suprema a gritar: «¡Crucifícalo!» Mi Jesús, perdóname si también yo, miserable alma pecadora, te quiero muerto. Sin embargo te ruego que me hagas morir junto contigo. Y Tú, mientras tanto, oh mi destrozado Jesús, movido por mi dolor parece que me dices: «Hija mía, estréchate a mi corazón y toma parte en mis penas y en mis reparaciones; el momento es solemne, se debe decidir, o mi muerte, o la muerte de todas las criaturas. En este momento dos corrientes se vierten en mi corazón, en una están las almas que, si me quieren muerto es porque quieren hallar en Mí la vida, y así, al aceptar Yo la muerte por ellas son absueltas de la condenación eterna y las puertas del Cielo se abren para recibirlas; en la otra corriente están aquellas que 63 me quieren muerto por odio y como confirmación de su condenación y mi corazón está lacerado y siente la muerte de cada una de éstas y sus mismas penas del infierno. Mi corazón no soporta estos acerbos dolores; siento la muerte a cada latido y a cada respiro, y voy repitiendo: «¿Por qué tanta sangre será derramada en vano? ¿Por qué mis penas serán inútiles para tantos? ¡Ah, hija, sostenme que no puedo más, toma parte en mis penas, tu vida sea un continuo ofrecimiento para salvar las almas y para mitigarme penas tan desgarradoras!» Corazón mío, Jesús, tus penas son las mías y hago eco a tus reparaciones. Pero veo que Pilatos queda atónito y se apresura a decir: «¿Cómo? ¿Debo crucificar a vuestro Rey? Yo no encuentro culpa en Él para condenarlo». (Jn 19, 6) Y los judíos haciendo escándalo gritan: «No tenemos otro rey que el Cesar, y si tú no lo condenas no eres amigo del Cesar; loco, insensato, crucifícalo, crucifícalo». (Jn 19, 15) Pilatos, no sabiendo qué más hacer, por temor a ser destituido hace traer un recipiente con agua y lavándose las manos dice: «Yo soy inocente de la sangre de este Justo». (Mt 27, 24) Y te condena a muerte. Pero los judíos gritan: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt 27, 25) Y al verte condenado estallan en fiesta, aplauden, silban, gritan; mientras Tú, oh Jesús, reparas por aquellos que encontrándose en el poder, por vano temor y por no perder su puesto rompen las leyes más sagradas, no importándoles la ruina de pueblos enteros, favoreciendo a los impíos y condenando a los inocentes; reparas también por aquellos que después de la culpa instigan a la Ira divina a castigarlos. Pero mientras reparas todo esto, el corazón te sangra por el dolor de ver al pueblo escogido por Ti, fulminado por la maldición del Cielo, que ellos mismos con plena 64 voluntad han querido, sellándola con tu sangre que han imprecado. Ah, tu corazón desfallece, déjame que lo sostenga entre mis manos haciendo mías tus reparaciones y tus penas; pero tu amor te empuja aún más alto, e impaciente ya buscas la cruz. Vida mía, te seguiré, pero por ahora repósate en mis brazos, y después llegaremos juntos al monte calvario; por eso permanece en mí y bendíceme.

 DECIMASEXTA HORA De las 8 a las 9 de la mañana Jesús de nuevo ante Pilatos. Es pospuesto a Barrabás. Jesús es flagelado. Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Mi atormentado Jesús, mi pobre corazón te sigue entre ansias y penas, y al verte vestido de loco, conociendo quién eres Tú, sabiduría infinita, que das el juicio a todos, doy en delirio y digo: ¿cómo, Jesús loco? ¿Jesús malhechor? ¡Y ahora serás pospuesto al más grande malhechor, a Barrabás! Mi Jesús, santidad que no tiene igual, ya estás de nuevo ante Pilatos, y éste, al verte tan malamente reducido y vestido de loco, y sabiendo que ni siquiera Herodes te ha condenado, queda más indignado contra los judíos y se convence mayormente de tu inocencia y de no condenarte, pero queriendo dar alguna satisfacción a los judíos, como para aplacar el odio, el furor, la rabia y la sed que tienen de tu sangre, te propone a ellos junto con Barrabás, pero los judíos gritan: «¡No queremos libre a Jesús, sino a Barrabás!» (Jn 18, 40) Y entonces Pilatos no sabiendo ya qué hacer para calmarlos te condena a la flagelación. 55 Mi pospuesto Jesús, se me rompe el corazón al ver que mientras los judíos se ocupan de Ti para hacerte morir, Tú, encerrado en Ti mismo piensas en dar a todos la vida, y poniendo atención te escucho decir: «Padre Santo, mira a tu Hijo vestido de loco, esto te repara la locura de tantas criaturas al caer en el pecado; esta vestidura blanca sea ante Ti como disculpa por tantas almas que se visten con la lúgubre vestidura de la culpa. Mira oh Padre, el odio, el furor, la rabia que tienen contra Mí, que casi les hace perder la luz de la razón, la sed que tienen de mi sangre, y Yo quiero repararte todos los odios, las venganzas, las iras, los homicidios, y conseguir a todos la luz de la razón. Mírame de nuevo Padre mío, ¿se puede dar insulto mayor? Me han pospuesto al más grande malhechor, y Yo quiero repararte todas las posposiciones que se hacen, ¡ah, todo el mundo está lleno de posposiciones! Quién nos pospone a un vil interés, quién a los honores, quién a las vanidades, quién a los placeres, a los apegos, a las dignidades, a las crápulas y hasta al mismo pecado, y en modo unánime todas las criaturas, aun a cada pequeña tontería nos posponen, y Yo estoy dispuesto a aceptar ser pospuesto a Barrabás para reparar las posposiciones de las criaturas.” Mi Jesús, me siento morir de dolor y de confusión al ver tu gran amor en medio de tantas penas y el heroísmo de tus virtudes en medio de tantas penas e insultos. Tus palabras y reparaciones, como tantas heridas se repercuten en mi pobre corazón, y en mi dolor repito tus plegarias y tus reparaciones, ni siquiera un instante puedo separarme de Ti, de otra manera muchas cosas de lo que haces Tú se me escaparían. Pero, ¿qué veo? Los soldados te conducen a una columna para flagelarte. Amor mío, te sigo y Tú con tu mirada de amor mírame y dame la fuerza para asistir a tu dolorosa flagelación. Jesús Flagelado Mi purísimo Jesús, ya estás junto a la columna, los soldados enfurecidos te sueltan para atarte a ella, pero no es suficiente, te despojan de tus vestiduras para hacer cruel carnicería de tu santísimo cuerpo. Amor mío, vida mía, me siento desfallecer por el dolor de verte desnudo, Tú tiemblas de pies a cabeza y tu santísimo rostro se tiñe de virginal rubor, y es tanta tu confusión y tu agotamiento, que no sosteniéndote en pie estás a punto de caer a los pies de la columna, pero los soldados sosteniéndote, no por ayudarte sino para poderte atar, no te dejan caer. 56 Ya toman las sogas, te atan los brazos, pero tan fuerte que enseguida se hinchan y de la punta de los dedos brota sangre. Después, en torno a la columna pasan sogas que sujetan tu santísima persona hasta los pies, y tan fuerte que no puedes hacer ni siquiera un movimiento, y así poder ellos desenfrenarse sobre de Ti libremente. Despojado Jesús mío, permíteme que me desahogue, de otra manera no puedo continuar viéndote sufrir tanto. ¿Cómo? Tú que vistes a todas las cosas creadas, al sol de luz, al cielo de estrellas, a las plantas de hojas, a los pajarillos de plumas, Tú, ¿desnudo? ¡Qué atrevimiento! Pero mi amante Jesús, con la luz que irradia de sus ojos me dice: «Calla, oh hija. Era necesario que fuese desnudado para reparar por tantos que se despojan de todo pudor, de candor y de inocencia; que se desnudan de todo bien y virtud, de mi gracia, y se visten de toda brutalidad, viviendo a modo de brutos. En mi virginal rubor reparé las tantas deshonestidades y afeminaciones y placeres bestiales. Por eso atenta a lo que hago y ruega y repara conmigo y cálmate». Flagelado Jesús, tu amor pasa de exceso en exceso, veo que los verdugos toman los flagelos y te azotan sin piedad, tanto, que todo tu santísimo cuerpo queda lívido; es tanta la ferocidad y el furor al golpearte, que están ya cansados, pero otros dos los sustituyen y tomando varas espinosas te azotan tanto, que enseguida de tu santísimo cuerpo comienza a chorrear a ríos la sangre, y lo continúan golpeando todo, abriendo surcos y lo llenan de llagas. Pero aún no les basta, otros dos continúan, y con cadenas de fierro continúan la dolorosa carnicería. A los primeros golpes esas carnes llagadas se desgarran y a pedazos caen por tierra; los huesos quedan al descubierto y la sangre brota tanto, que forma un lago de sangre en torno a la columna. Mi Jesús desnudado, amor mío, mientras Tú estás bajo esta tempestad de golpes, me abrazo a tus pies para poder tomar parte en tus penas y quedar toda cubierta con tu preciosísima sangre, pero cada golpe que Tú recibes es una herida a mi corazón, mucho más, pues poniendo atención oigo tus gemidos, los cuales no se escuchan bien porque la tempestad de golpes ensordece el ambiente, y en esos gemidos Tú dices: «Ustedes, todos los que me aman, vengan a aprender el heroísmo del verdadero amor; vengan a apagar en mi sangre la sed de sus pasiones, la sed de tantas 57 ambiciones, de tantas vanidades y placeres, de tanta sensualidad; en ésta mi sangre encontrarán el remedio a todos sus males». Tus gemidos continúan diciendo: «Mírame, oh Padre, bajo esta tempestad de golpes, todo llagado, pero no basta, quiero formar tantas llagas en mi cuerpo para dar suficientes moradas en el Cielo de mi Humanidad a todas las almas, en modo de formar en Mí mismo su salvación, y después hacerlas pasar al Cielo de la Divinidad. Padre mío, cada golpe de estos flagelos repare ante Ti, uno a uno cada especie de pecado, y conforme me golpean, así sea excusa para aquellos que los cometen. Que estos golpes golpeen los corazones de las criaturas y les hablen de mi amor por ellas, tanto, de forzarlas a rendirse a Mí». Y mientras esto dices, es tan grande tu amor, si bien con sumo dolor, que casi incitas a los verdugos a que te azoten aún más. Mi descarnado Jesús, tu amor me aplasta, me siento enloquecer; y si bien tu amor no está cansado, los verdugos están agotados y no pueden continuar la dolorosa carnicería. Ya te quitan las cuerdas y Tú caes casi muerto en tu propia sangre; y al ver los pedazos de tus carnes te sientes morir por el dolor, al ver en aquellas carnes arrancadas de Ti, a las almas perdidas, y es tanto tu dolor, que agonizas en tu propia sangre. Mi Jesús, deja que te tome entre mis brazos para restaurarte un poco con mi amor. Te beso, y con mi beso encierro a todas las almas en Ti, así ninguna más se perderá, y Tú bendíceme.

 DECIMAQUINTA HORA De las 7 a las 8 de la mañana Jesús ante Pilatos. Pilatos lo envía a Herodes Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Atado bien mío, tus enemigos unidos a los sacerdotes te presentan ante Pilatos, y ellos fingiendo santidad y escrupulosidad, debiendo festejar la Pascua se quedan fuera en el atrio, y Tú, mi amor, viendo el fondo de su malicia reparas las hipocresías del cuerpo religioso. También yo reparo junto contigo, pero mientras Tú te ocupas del bien de ellos, ellos en cambio comienzan a acusarte ante Pilatos, vomitando todo el veneno que tienen contra Ti, pero Pilatos mostrándose insatisfecho de las acusaciones que te hacen, para poderte condenar con motivo te llama aparte y a solas te examina y te pregunta: «¿Eres Tú el rey de los judíos?» (Jn 18, 33) Y Tú mi Jesús, verdadero rey mío respondes: «Mi reino no es de este mundo; de lo contrario millares de legiones de ángeles me defenderían». Y Pilatos conmovido por la suavidad y dignidad de tu palabra, sorprendido te dice: «¿Cómo, Tú eres rey?» (Jn 18, 37) Y Tú: 53 «Es como tú lo dices, Yo lo soy, y he venido al mundo para dar testimonio de la Verdad». (Jn 18, 37) Y Pilatos sin querer saber más y convencido de tu inocencia, sale a la terraza y dice: «Yo no encuentro culpa alguna en este hombre». (Jn 18, 38) Los judíos enfurecidos te acusan de tantas otras cosas, y Tú callas y no te defiendes, y reparas las debilidades de los jueces cuando se encuentran de frente a los poderosos y sus injusticias, y ruegas por los inocentes oprimidos y abandonados. Entonces Pilatos al ver el furor de tus enemigos y para desentenderse te envía a Herodes. Mi Rey divino, quiero repetir tus oraciones y reparaciones y acompañarte hasta Herodes. Veo que tus enemigos, enfurecidos, quisieran devorarte y te conducen entre insultos, burlas y befas, y así te hacen llegar ante Herodes, el cual en actitud soberbia te hace muchas preguntas, y Tú no respondes, no lo miras, y Herodes irritado porque no se ve satisfecho en su curiosidad y sintiéndose humillado por tu prolongado silencio, dice a todos que Tú eres un loco y sin juicio, y como a tal ordena que seas tratado, y para mofarse de Ti hace que seas vestido con una vestidura blanca y te entrega en las manos de los soldados para que te hagan lo peor que puedan. Inocente Jesús, ninguno encuentra culpa en Ti, sólo los judíos, porque su fingida religiosidad no merece que resplandezca en sus mentes la luz de la verdad. Mi Jesús, sabiduría infinita, cuánto te cuesta el haber sido declarado loco. Los soldados abusando de Ti te arrojan por tierra, te pisotean, te cubren de salivazos, te escarnecen, te golpean con palos, y son tantos los golpes que te sientes morir. Son tales y tantas las penas, los oprobios, las humillaciones que te hacen, que los ángeles lloran y se cubren el rostro con sus alas para no verlas. También yo, mi loquito Jesús, quiero llamarte loco, pero loco de amor, y es tanta tu locura de amor que en vez de ofenderte, Tú ruegas y reparas por las ambiciones de los reyes que ambicionan reinos para ruina de los pueblos, por las destrucciones que provocan, por tanta sangre que hacen derramar por sus caprichos, por todos los pecados de curiosidad y por las culpas cometidas en las cortes y en las milicias. Mi Jesús, cómo es tierno el verte en medio de tantos ultrajes orando y reparando, tus palabras repercuten en mi corazón y sigo lo que haces Tú. Y ahora deja que me 54 ponga a tu lado y tome parte en tus penas y te consuele con mi amor, y alejándote a los enemigos, te tomo entre mis brazos para darte fuerzas y besarte la frente. Dulce amor mío, veo que no te dan reposo y que Herodes te envía nuevamente a Pilatos. Si doloroso ha sido el venir, más trágico será el regreso, porque veo que los judíos están más enfurecidos que antes y están resueltos a hacerte morir a cualquier precio. Por eso antes que salgas del palacio de Herodes quiero besarte, para testimoniarte mi amor en medio de tantas penas, y Tú fortifícame con tu beso y con tu bendición, y te sigo ante Pilatos.

 DECIMACUARTA HORA De las 6 a las 7 de la mañana Jesús de nuevo ante Caifás y después es llevado a Pilatos Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Dolorido Jesús mío, ya estás fuera de la prisión, estás tan agotado que vacilas a cada paso. Quiero ponerme a tu lado para sostenerte cuando vea que estás a punto de caer. Pero veo que los soldados te presentan ante Caifás, y Tú, oh mi Jesús, como sol apareces en medio de ellos, y si bien desfigurado, envías luz por todas partes. Veo que Caifás se regocija de gusto al verte tan malamente reducido, y a los reflejos de tu luz se ciega más, y en su furor te pregunta de nuevo: 51 «¿Así que Tú realmente eres el verdadero Hijo de Dios?» (Mt 26, 63) Y Tú amor mío, con una majestad suprema y con una gracia en tu decir, con tu acostumbrado acento dulce y conmovedor que rapta los corazones respondes: «Sí, Yo soy el verdadero Hijo de Dios». (Mt 26. 64) Y ellos, si bien sienten toda la fuerza de tu palabra, sofocando todo, sin querer saber más, con voz unánime gritan: «¡Es reo de muerte, es reo de muerte!» (Mt 26, 66) Y Caifás confirma la sentencia de muerte y te envía a Pilatos. Y Tú, condenado Jesús mío, aceptas esta sentencia con tanto amor y resignación que casi la arrebatas del inicuo pontífice, y reparas todos los pecados hechos deliberadamente y con toda malicia, y por aquellos que en vez de afligirse por el mal, se alegran y exultan por el mismo pecado, y esto los lleva a la ceguera y a sofocar cualquier luz y gracia en ellos. Vida mía, tus reparaciones y oraciones hacen eco en mi corazón y reparo y suplico junto contigo. Dulce amor mío, veo que los soldados, habiendo perdido la poca estima que les quedaba de Ti, al verte sentenciado a muerte te toman y agregan cuerdas y cadenas, te atan tan fuerte que casi quitan el movimiento a tu divina Persona, y empujándote y arrastrándote te sacan del palacio de Caifás. Turbas del pueblo te esperan, pero ninguno para defenderte, y Tú, mi Sol divino, sales en medio de ellos queriendo envolverlos a todos con tu luz. Y conforme das los primeros pasos, queriendo encerrar en los tuyos todos los pasos de las criaturas, ruegas y reparas por aquellos que dan sus primeros pasos y obran con fines malos: quién para vengarse, quién para matar, quién para traicionar, quién para robar, y tantas otras cosas. Oh, cómo todas estas culpas te hieren el corazón, y para impedir tanto mal, ruegas, reparas y te ofreces todo Tú mismo. Pero mientras te sigo, veo que Tú, mi sol Jesús, al momento de salir del palacio de Caifás te encuentras con la bella María, nuestra dulce Mamá; vuestras miradas se encuentran, se hieren, y si bien quedáis aliviados al veros, también se agregan nuevos dolores: Tú, al ver a la bella Mamá traspasada, pálida y enlutada; y a la amada Mamá al verte a Ti, sol divino, eclipsado por tantos oprobios, lloroso y envuelto en un manto de sangre. 52 Pero no podéis disfrutar mucho el intercambio de miradas, y con el dolor de no poder deciros ni siquiera una palabra, vuestros corazones se dicen todo, y fundidos el uno en el otro cesan de mirarse porque los soldados te empujan, y así, pisoteado y arrastrado llegas a Pilatos. Mi Jesús, me uno a la traspasada Mamá en seguirte, para fundirme junto con Ella en Ti; y dándome una mirada de amor, bendíceme.

DECIMATERCERA HORA DE LAS 5 A LAS 6 DE LA MAÑANA

 Jesús en prisión

 Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Mi prisionero Jesús, me he despertado y no te encuentro, el corazón me late fuerte y delira de amor, dime, ¿dónde estás? Ángel mío, llévame a la casa de Caifás. Pero busco, recorro, vuelvo a buscar por todas partes y no te encuentro. Amor mío, pronto, con tus manos mueve las cadenas que tienen atado mi corazón al tuyo, atráeme a Ti, para que atraída por Ti pueda emprender el vuelo para ir a arrojarme en tus brazos. Ya amor mío, herido por mi voz y queriendo mi compañía, me atraes a Ti y veo que te han puesto en prisión. Mi corazón, mientras exulta de alegría por encontrarte, lo siento herido por el dolor al ver el estado al que te han reducido. Te veo atado a una columna, con las manos atrás, atados los pies, tu santísimo rostro golpeado, hinchado y ensangrentado por las brutales bofetadas recibidas, tus santísimos ojos lívidos, tu mirada cansada y triste por la vigilia, tus cabellos todos en desorden, tu santísima persona toda golpeada, y por añadidura no puedes valerte por Ti mismo para ayudarte y limpiarte porque estás atado. Y yo, oh mi Jesús, llorando, abrazándome a tus pies exclamo: «¡Ay de mí, cómo te han dejado, oh Jesús!» Y Jesús mirándome, me responde: «Ven, oh hija mía, y pon atención a todo lo que ves que hago Yo para que lo hagas tú junto conmigo, y así poder continuar mi vida en ti.» Y veo con asombro que en vez de ocuparte de tus penas, con un amor indescriptible piensas en glorificar al Padre para darle satisfacción por todo lo que nosotros estamos obligados a hacer, y llamas a todas las almas en torno a Ti para tomar todos sus males sobre de Ti y darles a ellas todos los bienes. Y como estamos al amanecer del día oigo tu voz dulcísima que dice: 48 «Padre Santo, gracias te doy por todo lo que he sufrido y por lo que me queda por sufrir; y así como esta aurora llama al día y el día hace surgir el sol, así la aurora de la graciadespunte en todos los corazones, y haciéndose día, Yo, Sol divino, pueda surgir en todos los corazones y reinar en todos. Mira, oh Padre a estas almas, Yo quiero responderte por todas, por sus pensamientos, palabras, obras, pasos, a costa de mi sangre y de mi muerte». Mi Jesús, amor sin límites, me uno contigo; también yo te agradezco por cuanto me has hecho sufrir, por lo que me quede por sufrir, y te ruego hagas despuntar en todos los corazones la aurora de la graciapara que Tú, Sol divino, puedas resurgir en todos los corazones y reinar sobre todos. Pero también veo, mi dulce Jesús, que Tú reparas todas las primicias de los pensamientos, de los afectos y palabras que al principio del día no son ofrecidos a Ti para darte honor, y llamas en Ti, como en custodia, los pensamientos, los afectos y palabras de las criaturas para reparar y dar al Padre la gloria que ellas le deben. Mi Jesús, maestro divino, ya que en esta prisión tenemos una hora libre y estando solos, quiero hacer no sólo lo que haces Tú, sino limpiarte, reordenarte los cabellos y fundirme en todo Tú, por eso me acerco a tu santísima cabeza y reordenándote los cabellos quiero repararte por tantas mentes trastornadas y llenas de tierra, que no tienen ni un pensamiento para Ti; y fundiéndome en tu mente quiero reunir en Ti todos los pensamientos de las criaturas y fundirlos en tus pensamientos, para encontrar suficientes reparaciones por todos los malos pensamientos, por tantas luces e inspiraciones sofocadas. Quisiera hacer de todos los pensamientos uno solo con los tuyos para darte verdadera reparación y perfecta gloria. Mi afligido Jesús, beso tus ojos tristes y cargados de lágrimas, y que teniendo las manos atadas a la columna no puedes limpiártelos ni quitarte los salivazos con que te han ensuciado, y como la posición en la que te han atado es desgarradora, no puedes cerrar tus ojos cansados para tomar reposo. Amor mío, cuanto deseo hacer con mis brazos un lecho para darte reposo; quiero enjugarte los ojos y pedirte perdón y repararte por cuantas veces no hemos tenido la intención de agradarte y de mirarte para ver qué querías de nosotros, qué cosa debíamos hacer y adónde querías que fuésemos; quiero fundir mis ojos y los de todas las criaturas en los tuyos, para poder reparar con tus mismos ojos todo el mal que hemos hecho con la vista. 49 Mi piadoso Jesús, beso tus oídos cansados por los insultos de toda la noche, y mucho más por el eco que resuena en tus oídos de todas las ofensas de las criaturas; te pido perdón y reparo por cuantas veces Tú nos has llamado y hemos sido sordos, hemos fingido no escucharte, y Tú, cansado bien mío, has repetido las llamadas, pero en vano; quiero fundir mis oídos y los de todas las criaturas en los tuyos para darte una continua y completa reparación. Enamorado Jesús, beso tu rostro santísimo, todo lívido por las bofetadas, te pido perdón y reparo por cuantas veces Tú nos has llamado a ser víctimas de reparación, y nosotros uniéndonos a tus enemigos te hemos dado bofetadas y salivazos. Mi Jesús, quiero fundir mi rostro en el tuyo para restituirte tu natural belleza y darte entera reparación por todos los desprecios que han hecho a tu santísima Majestad. Amargado bien mío, beso tu dulcísima boca, dolorida por los golpes y abrasada por el amor, quiero fundir mi lengua y la de todas las criaturas en la tuya, para reparar con tu misma lengua por todos los pecados y las conversaciones malas que se tienen; quiero mi sediento Jesús unir todas las voces en una sola con la tuya, para hacer que cuando estén por ofenderte, tu voz corriendo en la voz de las criaturas sofoque las voces del pecado y las cambie en voces de alabanza y de amor. Encadenado Jesús, beso tu cuello oprimido por pesadas cadenas y cuerdas, que van desde el pecho hasta detrás de la espalda y sujetándote los brazos te tienen fuertemente atado a la columna; ya tus manos están hinchadas y amoratadas por la estrechez de las ataduras y de algunas partes brota sangre. Ah, permíteme atado Jesús, que te desate; y si amas ser atado, te ato con las cadenas del amor, que siendo dulces, en vez de hacerte sufrir te aliviarán, y mientras te desato, quiero fundirme en tu cuello, en tu pecho, en tus hombros, en tus manos y en tus pies, para poder reparar junto contigo todos los apegos, y dar a todos las cadenas de tu amor; para poder reparar por todas las frialdades y llenar todos los pechos de las criaturas con tu fuego, porque veo que es tanto lo que Tú tienes que no puedes contenerlo; para poder reparar por todos los placeres ilícitos y el amor a las comodidades y dar a todos el espíritu de sacrificio y el amor al sufrimiento. Quiero fundirme en tus manos para reparar por todas las obras malas y por el bien hecho malamente y con presunción, y dar a todos el perfume de tus obras. Y fundiéndome en tus pies, encierro todos los pasos de las criaturas para repararte y dar tus pasos a todos para hacerlos caminar santamente. 50 Y ahora dulce vida mía, permíteme que fundiéndome en tu corazón encierre todos los afectos, latidos, deseos, para repararlos junto contigo y dar a todos tus afectos, latidos y deseos, a fin de que ninguno te ofenda más. Pero oigo en mis oídos el ruido de la llave, son tus enemigos que vienen a llevarte. ¡Jesús, yo tiemblo, me siento helar la sangre porque Tú estarás de nuevo en manos de tus enemigos! ¿Qué será de Ti? Me parece oír también el ruido de las llaves de los tabernáculos, cuántas manos profanadoras vienen a abrirlos y tal vez para hacerte descender en corazones sacrílegos. En cuántas manos indignas eres obligado a encontrarte. Mi prisionero Jesús, quiero encontrarme en todas tus prisiones de amor para ser espectadora cuando tus ministros te saquen y hacerte compañía y repararte por las ofensas que puedas recibir. Pero veo que tus enemigos están cerca y Tú saludas al sol naciente en el último de tus días, y ellos desatándote y viéndote todo majestad y que los miras con tanto amor, en pago descargan sobre tu rostro bofetadas tan fuertes que lo hacen enrojecer con tu preciosísima sangre. Amor mío, antes de que salgas de la prisión, en mi dolor te ruego que me bendigas, para recibir fuerza para seguirte en el resto de tu Pasión.

sábado, 12 de diciembre de 2020

DUODECIMA HORA DE LAS 4 A LAS 5 DE LA MAÑANA

 Jesús en medio de los soldados Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Dulcísima vida mía, Jesús, mientras estrechada a tu corazón dormía, sentía muy a menudo los pinchazos de las espinas que herían a tu corazón santísimo; y queriéndome despierta junto contigo, para tener al menos una que vea todas tus penas y te compadezca, me estrechas más fuerte a tu corazón, y yo, sintiendo más a lo vivo tus pinchazos, me despierto, ¿pero qué veo? ¿Qué siento? Quisiera esconderte dentro de mi corazón para ponerme yo en lugar tuyo y recibir sobre mí penas tan dolorosas, insultos y humillaciones tan increíbles, que sólo tu amor podría soportar tantos ultrajes. Mi pacientísimo Jesús, ¿qué cosa podías esperar de gente tan inhumana? Ya veo que juegan contigo, te cubren el rostro de densos salivazos, la luz de tus bellos ojos queda eclipsada por los salivazos, y derramando ríos de lágrimas por nuestra salvación retiras esos salivazos de tus ojos, y aquellos malvados, no soportando su corazón ver la luz de tus ojos, vuelven a cubrirlos de nuevo con salivazos, otros haciéndose más atrevidos en el mal, te abren tu dulcísima boca y te la llenan de fétidos salivazos, tanto que ellos sienten nausea, y como algunos de esos esputos caen, muestran en parte la majestad de tu rostro, tu sobrehumana dulzura. Ellos se sienten estremecer y se avergüenzan de ellos mismos y para estar más libres te vendan los ojos con un vilísimo trapo, de modo de poder desenfrenarse del todo sobre tu adorable persona; así que te golpean sin piedad, te arrastran, te pisotean bajo sus pies, repiten los puñetazos, las bofetadas, sobre tu rostro y sobre tu cabeza, rasguñándote y jalándote los cabellos y empujándote de un lado a otro. Jesús, amor mío, mi corazón no resiste verte en tantas penas, Tú quieres que ponga atención a todo, pero yo siento que quisiera cubrirme los ojos para no ver escenas tan dolorosas que arrancan de cada pecho los corazones, pero tu amor me 46 obliga a ver lo que sucede contigo, y veo que no abres la boca, que no dices ni una palabra para defenderte, estás en manos de esos soldados como un harapo, y te pueden hacer lo que quieren; y viéndolos saltar sobre Ti temo que mueras bajo sus pies. Mi bien y mi todo, es tanto el dolor que siento por tus penas, que quisiera gritar tan fuere que me hiciera oír en el Cielo para llamar al Padre, al Espíritu Santo y a los ángeles todos, y aquí en la tierra, de un extremo a otro, llamar en primer lugar a la dulce Mamá y a todas las almas amantes, a fin de que haciendo un cerco en torno a Ti, impidamos el paso a estos insolentes soldados para que no te insulten y atormenten más, y junto contigo reparemos toda clase de pecados nocturnos, especialmente aquellos que cometen los sectarios sobre tu sacramental persona en las horas de la noche, y todas las ofensas de aquellas almas que no se mantienen fieles en la noche de la prueba. Pero veo, insultado bien mío, que los soldados, cansados y ebrios quieren descansar, y mi pobre corazón oprimido y lacerado por tus tantas penas no quiere quedarse solo contigo, siente la necesidad de otra compañía, ah dulce Mamá mía, sé Tú mi inseparable compañía; me estrecho fuerte a tu mano materna y te la beso y Tú fortifícame con tu bendición, y abrazándonos junto con Jesús apoyemos nuestra cabeza sobre su dolorido corazón para consolarlo. Oh Jesús, junto con la Mamá te beso, bendícenos y junto con Ella tomaremos el sueño del amor en tu adorable corazón

miércoles, 9 de diciembre de 2020

UNDECIMA HORA DE LAS 3 A LAS 4 DE LA MAÑANA

Jesús en casa de Caifás

 Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:

 Afligido y abandonado bien mío, mientras mi débil naturaleza duerme en tu dolorido corazón, mi sueño frecuentemente es interrumpido por las opresiones de amor y de dolor de tu corazón divino, y entre la vigilia y el sueño oigo los golpes que te dan, y me despierto y digo: «Pobre de mi Jesús, abandonado por todos, no hay quién te defienda». 42 Pero desde dentro de tu corazón yo te ofrezco mi vida para servirte de apoyo en el momento en que te hacen tropezar y me adormezco de nuevo, pero otra opresión de amor de tu corazón divino me despierta, y siento ensordecer por los insultos que te dicen, por las voces, por los gritos, por el correr de la gente. Amor mío, ¿cómo es que todos están contra Ti? ¿Qué has hecho que como tantos lobos feroces te quieren despedazar? Siento que la sangre se me hiela al oír los preparativos de tus enemigos; yo tiemblo y estoy triste pensando cómo haré para defenderte. Pero mi afligido Jesús teniéndome en su corazón me estrecha más fuerte y me dice: «Hija mía, no he hecho nada de mal y he hecho todo, oh, mi delito es el amor, que contiene todos los sacrificios, el amor de costo inmensurable. Estamos aún al principio; tú estate en mi corazón, observa todo, ámame, calla y aprende; haz que tu sangre helada corra en mis venas para dar alivio a mi sangre que es toda llamas; haz que tu temblor corra en mis miembros a fin de que fundida en Mí puedas afirmarte y calentarte para sentir parte de mis penas, y al mismo tiempo adquirir fuerza al verme sufrir tanto; esta será la más bella defensa que me harás; sé fiel y atenta». Dulce amor mío, es tal y tanto el estrépito de tus enemigos que no me dejan dormir más; los golpes se hacen más violentos, oigo el rumor de las cadenas con que te han atado tan fuertemente, que hacen salir sangre por las muñecas, con la cual Tú marcas aquellos caminos. Recuerda que mi sangre está en la tuya, y conforme Tú la derramas, la mía te la besa, la adora y repara. Tu sangre sea luz a todos aquellos que de noche te ofenden e imán para atraer a todos los corazones en torno a Ti. Amor mío y todo mío, mientras te arrastran y el aire parece que ensordece por los gritos y silbidos, ya llegas ante Caifás, Tú te muestras todo manso, modesto, humilde, tu dulzura y paciencia es tanta que hace aterrorizar a los mismos enemigos, y Caifás todo furor, quisiera devorarte. ¡Ah, cómo se distingue bien la inocencia y el pecado! Amor mío, Tú estás ante Caifás como el más culpable, en acto de ser condenado. Caifás pregunta a los testigos cuáles son tus delitos. ¡Ah, hubiera hecho mejor preguntando cuál es tu amor! Y quién te acusa de una cosa y quién de otra, diciendo disparates y contradiciéndose entre ellos; y mientras te acusan, los soldados que están a tu lado te jalan de los cabellos, descargan sobre tu rostro santísimo horribles bofetadas que resuenan en toda la sala, te tuercen los labios, te golpean, y 43 Tú callas, sufres, y si los miras, la luz de tus ojos desciende en sus corazones, y no pudiendo soportarla se alejan de ti, pero otros llegan para darte más tormentos. Las negaciones de Pedro Pero entre tantas acusaciones y ultrajes veo que pones atentos tus oídos, tu corazón late fuerte como si fuera a estallar por el dolor. Dime, afligido bien mío, ¿qué sucede ahora? Porque veo que todo eso que te están haciendo tus enemigos, es tan grande tu amor que con ansia lo esperas y lo ofreces por nuestra salvación; y tu corazón con toda calma repara las calumnias, los odios, los falsos testimonios, y el mal que se hace a los inocentes con premeditación, y reparas por aquellos que te ofenden por instigación de sus jefes, y por las ofensas de los eclesiásticos; y mientras unida contigo sigo tus mismas reparaciones, siento en Ti un cambio, un nuevo dolor no sentido hasta ahora. Dime, dime qué pasa. Hazme partícipe de todo, oh Jesús. «¡Ah! hija, ¿quieres saberlo? Oigo la voz de Pedro que dice no conocerme y ha jurado, ha jurado en falso, y por tercera vez, que no me conoce. ¡Ah! Pedro, ¿cómo? ¿No me conoces? ¿No recuerdas con cuántos bienes te he colmado? ¡Oh, si los demás me hacen morir de penas, tú me haces morir de dolor! ¡Ah, cuánto mal has hecho al seguirme desde lejos, exponiéndote a la ocasión!» Negado bien mío, cómo se conocen inmediatamente las ofensas de tus más amados. Oh Jesús, quiero hacer correr mi latido en el tuyo para endulzar el dolor atroz que sufres, y mi latido en el tuyo te jura fidelidad y amor y repito mil y mil veces que te conozco; pero tu corazón no se calma todavía y tratas de mirar a Pedro. A tus miradas amorosas, llenas de lágrimas por su negación, Pedro se enternece, llora y se retira de allí; y Tú, habiéndolo puesto a salvo te calmas y reparas las ofensas de los Papas y de los jefes de la Iglesia, y especialmente por aquellos que se exponen a las ocasiones. Pero tus enemigos continúan acusándote, y viendo Caifás que nada respondes a sus acusaciones te dice: «Te conjuro por el Dios vivo, dime, ¿eres Tú verdaderamente el Hijo de Dios?» (Mt 26, 63) 44 Y Tú amor mío, teniendo siempre en tus labios palabras de verdad, con una actitud de majestad suprema y con voz sonora y suave, tanto que todos quedan asombrados, y los mismos demonios se hunden en el abismo, respondes: «¡Tú lo dices, sí, Yo soy el verdadero Hijo de Dios, y un día descenderé sobre las nubes del cielo para juzgar a todas las naciones!» (Mt 26, 64) Ante tus palabras creadoras todos hacen silencio, se sienten estremecer y espantados, pero Caifás después de pocos instantes de espanto, reaccionando y todo furibundo, más que bestia feroz, dice a todos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Ya ha dicho una gran blasfemia! ¿Qué más esperamos para condenarlo? ¡Ya es reo de muerte!» (Mt 26, 65-66) Y para dar más fuerza a sus palabras se rasga las vestiduras con tanta rabia y furor, que todos, como si fuesen uno solo, se lanzan contra Ti, bien mío, y quién te da puñetazos en la cabeza, quién te tira por los cabellos, quién te da bofetadas, quién te escupe en la cara, quién te pisotea con los pies. Son tales y tantos los tormentos que te dan, que la tierra tiembla y los Cielos quedan sacudidos. Amor mío y vida mía, conforme te atormentan, mi pobre corazón queda lacerado por el dolor. Ah, permíteme que salga de tu dolorido corazón, y que yo en tu lugar afronte todos esos ultrajes. Ah, si me fuera posible quisiera arrebatarte de las manos de tus enemigos, pero Tú no lo quieres, porque lo exige la salvación de todos, y yo me veo obligada a resignarme. Pero, dulce amor mío, déjame que te limpie, que te arregle los cabellos, que te quite los salivazos, que te limpie y te seque la sangre, para encerrarme en tu corazón, porque veo que Caifás, cansado, quiere retirarse, entregándote en manos de los soldados. Por eso te bendigo, y Tú bendíceme, y dándonos el beso del amor me encierro en el horno de tu corazón divino para conciliar el sueño, poniendo mi boca sobre tu corazón, a fin de que conforme respire te bese, y según la diversidad de tus latidos más o menos sufrientes, pueda advertir si Tú sufres o reposas. Y así, protegiéndote con mis brazos para tenerte defendido, te abrazo, me estrecho fuerte a tu corazón y me duermo.

DECIMA HORA DE LAS 2 A LAS 3 DE LA MAÑANA

 Jesús es presentado a Anás

 Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Jesús sea siempre conmigo.

 Dulce Mamá, sigamos juntas a Jesús. Mi Jesús, centinela divino que me vigilas en tu corazón, y no queriendo quedarte solo sin mí me despiertas y haces que me encuentre junto contigo en casa de Anás. Te encuentras en aquel momento en que Anás te interroga sobre tu doctrina y tus discípulos; y Tú, oh Jesús, para defender la gloria del Padre abres tu sacratísima boca, y con voz sonora y llena de dignidad respondes: «Yo he hablado en público, y todos los que aquí están me han escuchado». (Jn 18,20) Ante estas dignas palabras tuyas, todos tiemblan, pero es tanta la perfidia, que un siervo, queriendo honrar a Anás, se acerca a Ti y te da una bofetada con la mano, tan fuerte de hacerte tambalear y ponerse pálido tu rostro santísimo. 41 Ahora comprendo dulce vida mía por qué me has despertado, Tú tenías razón: ¿Quién habría de sostenerte en este momento en que estás por caer? Tus enemigos rompen en risas satánicas, en silbidos y en palmadas, aplaudiendo un acto tan injusto, y Tú, tambaleándote, no tienes en quien apoyarte. 

Mi Jesús, te abrazo, es más, quiero hacer un apoyo con mi ser; te ofrezco mi mejilla con ánimo y pronta a soportar cualquier pena por amor tuyo; te compadezco por este ultraje, y junto contigo te reparo las timideces de tantas almas que fácilmente se desaniman, por aquellos que por temor no dicen la verdad, por las faltas de respeto debido a los sacerdotes, y por todas las faltas cometidas por murmuraciones. Pero veo afligido Jesús mío, que Anás te envía a Caifás, y tus enemigos te precipitan por las escaleras, y Tú amor mío, en esta dolorosa caída reparas por aquellos que de noche se precipitan en la culpa, aprovechándose de las tinieblas, y llamas a los herejes y a los infieles a la luz de la fe. También yo quiero seguirte en esas reparaciones, y mientras llegas ante Caifás te envío mis suspiros para defenderte de tus enemigos. Y mientras yo duermo continúa haciéndome de centinela y despiértame cuando tengas necesidad. Por eso dame un beso y bendíceme, y yo beso tu corazón y en él continúo mi sueño.

NOVENA HORA DE LA 1 A LAS 2 DE LA MAÑANA

  Jesús, atado, es hecho caer en el torrente Cedrón Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Amado bien mío, mi pobre mente te sigue entre la vigilia y el sueño. ¿Cómo puedo abandonarme al sueño si veo que todos te dejan y huyen de Ti? Los mismos apóstoles, el ferviente Pedro que hace poco dijo que quería dar la vida por Ti, el discípulo predilecto que con tanto amor has hecho reposar sobre tu corazón, ah, todos te abandonan y te dejan en poder de tus crueles enemigos. Mi Jesús, estás solo. Tus purísimos ojos miran a tu alrededor para ver si al menos uno de aquellos que han sido beneficiados por Ti te sigue para testimoniarte su amor y para defenderte; y mientras descubres que ninguno, ninguno te ha permanecido fiel, el corazón se te oprime y rompes en abundante llanto. Y Tú sientes más dolor por el abandono de tus fieles amigos que por lo que te están haciendo tus mismos enemigos. Mi Jesús, no llores, o haz que yo llore junto contigo. Y el amable Jesús parece que dice: «Ah hija mía, lloremos juntos la suerte de tantas almas consagradas a Mí, que por pequeñas pruebas, por incidentes de la vida, no se ocupan más de Mí y me dejan solo; lloremos por tantas otras, tímidas y viles, que por falta de valor y de confianza me abandonan; por tantos y tantos que, al no hallar su provecho en las cosas santas no se ocupan de Mí; por tantos sacerdotes que predican, que celebran la Santa Misa, que confiesan por amor al interés y a su propia gloria; esos hacen ver que están en torno a Mí, pero Yo permanezco siempre solo. Ah hija, ¡cómo me es duro este abandono! No sólo me lloran los ojos, sino que me sangra el corazón. Ah, te ruego que repares mi acerbo dolor prometiéndome que no me dejarás jamás solo». 39 Sí, oh mi Jesús, lo prometo, ayudada por tu gracia y fundiéndome en tu divina Voluntad! Pero mientras Tú lloras el abandono de tus amados, tus enemigos no te perdonan ningún ultraje que te puedan hacer. Oprimido y atado como estás, oh mi bien, tanto, que por Ti mismo ni siquiera puedes dar un paso, te pisotean, te arrastran por esas calles llenas de piedras y de espinas, así que no hay movimiento que no te haga tropezar en las piedras y herirte con las espinas. Ah mi Jesús, veo que mientras te arrastran, Tú dejas detrás de Ti tu preciosa sangre, los rubios cabellos que te arrancan de la cabeza. Mi vida y mi todo, permíteme que los recoja a fin de poder atar todos los pasos de las criaturas, que ni aun de noche dejan de herirte; más bien se sirven de la noche para ofenderte mayormente: quién con sus encuentros, quién por placeres, quién por teatros, quién para llevar a cabo robos sacrílegos. Mi Jesús, me uno a Ti para reparar todas estas ofensas. Pero, oh mi Jesús, estamos ya en el torrente Cedrón, y los pérfidos judíos se disponen a arrojarte dentro, hacen que te golpees contra una piedra que hay ahí, con tanta fuerza, que de tu boca derramas tu preciosísima sangre, con la cual dejas marcada aquella piedra. Después, jalándote, te arrastran bajo aquellas aguas pútridas, de modo que te entran en los oídos, en la boca, en la nariz. Oh amor incomparable, Tú quedas todo bañado y como cubierto por aquellas aguas pútridas, nauseantes y frías, y en este estado representas a lo vivo el estado deplorable de las criaturas cuando cometen el pecado. ¡Oh, cómo quedan cubiertas por dentro y por fuera con un manto de inmundicias, que dan asco al Cielo y a cualquiera que pudiese verlas, atrayéndose así los rayos de la divina Justicia! Oh vida de mi vida, ¿puede darse jamás amor más grande? Para quitarnos este manto de inmundicias Tú permites que los enemigos te arrojen en ese torrente, y todo sufres para reparar por los sacrilegios y las frialdades de las almas que te reciben sacrílegamente y que te obligan a que entres en sus corazones, peores que el torrente, y que sientas toda la náusea de sus almas; Tú permites también que estas aguas te penetren hasta en las entrañas, tanto, que los enemigos temiendo que te ahogues, y queriendo reservarte para mayores tormentos te sacan fuera, pero causas tanto asco, que ellos mismos sienten asco de tocarte. Mi tierno Jesús, estás ya fuera del torrente, mi corazón no resiste verte tan empapado por esas aguas nauseantes; veo que por el frío Tú tiemblas de pies a 40 cabeza; miras a tu alrededor buscando con los ojos, lo que no haces con la voz, uno al menos que te seque, te limpie y te caliente, pero en vano; ninguno tiene piedad de Ti, los enemigos se burlan y se ríen de ti; los tuyos te han abandonado, la dulce Mamá está lejana, porque así lo dispone el Padre. Aquí me tienes, oh Jesús, ven a mis brazos. Quiero llorar tanto, hasta formar un baño para lavarte, limpiarte y acomodarte con mis manos, los desordenados cabellos. Mi amor, quiero encerrarte en mi corazón para calentarte con el calor de mis afectos, quiero perfumarte con mis deseos santos, quiero reparar todas estas ofensas y ofrecer mi vida junto con la tuya para salvar a todas las almas. Quiero ofrecerte mi corazón como lugar de reposo, para poderte reconfortar en algún modo por las penas sufridas hasta aquí, y después continuaremos juntos el camino de tu Pasión.

OCTAVA HORA DE LAS 12 DE LA NOCHE A LA 1 DE LA MAÑANA

  La captura de Jesús 

Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Oh Jesús mío, ya es media noche; escuchas que se aproximan los enemigos, y Tú limpiándote y enjugándote la sangre, reanimado por los consuelos recibidos vas de nuevo a donde están tus amados discípulos, los llamas, los amonestas y te los llevas junto contigo, y vas al encuentro de tus enemigos, queriendo reparar con tu prontitud mi lentitud, mi desgano y pereza en el obrar y en el sufrir por amor tuyo. Pero, oh dulce Jesús, mi bien, que escena tan conmovedora veo: Al primero que encuentras es al pérfido Judas, el cual acercándose a Ti y poniéndote un brazo alrededor de tu cuello te saluda y te besa; y Tú, amor entrañable, no desdeñas besar aquellos labios infernales, lo abrazas y te lo estrechas al corazón, queriéndolo arrancar del infierno y dándole muestras de nuevo amor. Mi Jesús, ¿cómo es posible no amarte? Es tanta la ternura de tu amor que debiera arrebatar a cada corazón a amarte, y sin embargo no te aman. Y Tú, oh mi Jesús, en este beso de Judas, soportándolo, reparas las traiciones, los fingimientos, los engaños bajo aspecto de amistad y de santidad, especialmente de los sacerdotes. Tu beso, además, manifiesta que a ningún pecador, con tal de que venga a Ti humillado, rehusarías darle el perdón. Ternísimo Jesús mío, ya te entregas en manos de tus enemigos, dándoles el poder de hacerte sufrir lo que ellos quieran. También yo, oh mi Jesús, me entrego en tus manos, a fin de que Tú, libremente, puedas hacer de mí lo que más te agrade; y junto contigo quiero seguir tu Voluntad, tus reparaciones y sufrir tus penas. Quiero estar siempre en torno a Ti para hacer que no haya ofensa que no te repare, amargura que no endulce, salivazos y bofetadas que recibas que no vayan seguidas por un beso y una caricia mía. En tus caídas, mis manos estarán siempre dispuestas a ayudarte para levantarte. Así que siempre contigo quiero estar, oh mi Jesús, ni siquiera un minuto quiero 36 dejarte solo; y para estar más segura, ponme dentro de Ti, y yo estaré en tu mente, en tus miradas, en tu corazón y en todo Tú mismo, para hacer que lo que haces Tú, pueda hacerlo también yo, así podré hacerte fiel compañía y no pasar por alto ninguna de tus penas, para darte por todo mi correspondencia de amor. Dulce bien mío, estaré a tu lado para defenderte, para aprender tus enseñanzas y para numerar una por una todas tus palabras. ¡Ah, cómo me desciende dulce la palabra que dirigiste a Judas: «Amigo, ¿a qué has venido?» (Mt 26,50) Y siento que a mí también me diriges las mismas palabras, no llamándome amiga sino con el dulce nombre de hija: «Hija, ¿a qué has venido?» Para oír que te respondo: «Jesús, a amarte». «¿A qué has venido?», me repites si me despierto en la mañana; «¿a qué has venido?», si hago oración; «¿a qué has venido?», me repites desde la Hostia Santa si vengo a recibirte en mi corazón. ¡Qué bello reclamo para mí y para todos! Pero cuántos a tu «¿a qué has venido?» responden: Vengo a ofenderte. Otros, fingiendo no escucharte se entregan a toda clase de pecados, y a tu pregunta «¿a qué has venido?» responden con irse al infierno. ¡Cuánto te compadezco, oh mi Jesús! Quisiera tomar las mismas cuerdas con que van a atarte tus enemigos, para atar a estas almas y evitarte este dolor. Pero de nuevo escucho tu voz ternísima que dice, mientras vas al encuentro de tus enemigos: «¿A quién buscan?» (Jn 18,4) Y ellos responden: «A Jesús Nazareno». (Jn 18,5) Y Tú les dices: «Yo soy». (Jn 18,5) Con esta sola palabra dices todo y te das a conocer por lo que eres, tanto que tus enemigos tiemblan y caen por tierra como muertos, y Tú, amor sin par, repitiendo de nuevo «Yo soy», los vuelves a llamar a la vida, y por Ti mismo te entregas en manos de tus enemigos. 37 Jesús es encadenado Y ellos, pérfidos e ingratos, en vez de caer humildes y palpitantes a tus pies y pedirte perdón, abusando de tu bondad y despreciando gracias y prodigios te ponen las manos encima y con sogas y cadenas te atan, te inmovilizan, te arrojan por tierra, te pisotean bajo sus pies, te arrancan los cabellos, y Tú, con paciencia inaudita callas, sufres y reparas las ofensas de aquellos que a pesar de los milagros, no se rinden a tu graciay se obstinan de más. Con tus sogas y cadenas consigues del Padre la gracia de romper las cadenas de nuestras culpas, y nos atas con la dulce cadena del amor. Y corriges amorosamente a Pedro que quiere defenderte, y llega hasta cortar una oreja a Malco; quieres reparar con esto las obras buenas que no son hechas con santa prudencia, y que por demasiado celo caen en la culpa. Mi pacientísimo Jesús, estas cuerdas y cadenas parece que ponen algo de más bello a tu divina Persona. Tu frente se hace más majestuosa, tanto que atrae la atención de tus mismos enemigos; tus ojos resplandecen con más luz; tu rostro divino se pone en actitud de una paz y dulzura suprema, capaz de enamorar a tus mismos verdugos; con tu tono de voz suave y penetrante, si bien pocos, los haces temblar, tanto que si se atreven a ofenderte es porque Tú mismo se los permites. Oh amor encadenado y atado, ¿podrás permitir que Tú seas atado por causa mía, haciendo más desahogo de amor, y yo, pequeña hija tuya, esté sin cadenas? No, no, más bien átame con tus manos santísimas con tus mismas sogas y cadenas. Por eso te ruego que ates, mientras beso tu frente divina, todos mis pensamientos, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, mis afectos y todo mi ser, y al mismo tiempo ata a todas las criaturas, para que sintiendo las dulzuras de tus amorosas cadenas no se atrevan a ofenderte más. Dulce bien mío, ya es la una de la madrugada, la mente comienza a adormecerse; haré lo que más pueda por mantenerme despierta, pero si el sueño me sorprende, me dejo en Ti para seguir lo que haces Tú; más bien lo harás Tú mismo por mí. En Ti dejo mis pensamientos para defenderte de tus enemigos, mi respiración como cortejo y compañía, mi latido para decirte siempre que te amo y para darte el amor que los demás no te dan, las gotas de mi sangre para repararte y restituirte el honor y la estima que te quitarán con los insultos, salivazos y bofetadas. Jesús mío, 38 bendíceme y hazme dormir en tu adorable corazón, para que por tus latidos, acelerados por el amor o por el dolor, pueda despertarme frecuentemente, y así jamás interrumpir nuestra compañía. Así queda acordado, oh Jesús.

lunes, 7 de diciembre de 2020

SEPTIMA HORA DE LAS 11 A LAS 12 DE LA NOCHE

Tercera hora de agonía en el Huerto de Getsemaní Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo: Dulce bien mío, mi corazón no resiste; te miro y veo que sigues agonizando. La sangre a ríos te escurre por todo el cuerpo y con tanta abundancia, que no sosteniéndote en pie has caído en un lago de sangre. ¡Oh mi amor, se me rompe el corazón al verte tan débil y agotado! Tu rostro adorable y tus manos creadoras se apoyan en la tierra y se llenan de sangre; me parece que a los ríos de iniquidad que te mandan las criaturas, Tú quieras dar ríos de sangre para hacer que estas culpas queden ahogadas en ellos y así, con eso, dar a cada uno el reescrito de tu perdón. Pero, oh mi Jesús, reanímate, es demasiado lo que sufres; baste hasta aquí a tu amor. Y mientras parece que mi amable Jesús muere en su propia sangre, el amor le da nueva vida. Lo veo moverse con dificultad, se pone de pie y así, manchado de sangre y de fango, parece que quiere caminar, pero no teniendo fuerzas con trabajo se arrastra. Dulce vida mía, deja que te lleve entre mis brazos. ¿Vas tal vez a tus amados discípulos? Pero cual no es el dolor de tu adorable corazón al encontrarlos de nuevo dormidos. Y Tú con voz temblorosa y apagada los llamas: «Hijos míos, no duerman, la hora está próxima, ¿no ven a qué estado me he reducido? Ah, ayúdenme, no me abandonen en estas horas extremas». Y casi vacilante estás a punto de caer a su lado, mientras Juan extiende los brazos para sostenerte. Estás tan irreconocible que si no hubiera sido por la suavidad y dulzura de tu voz, no te habrían reconocido. Después, recomendándoles que estén despiertos y que oren, regresas al huerto, pero con una segunda herida en el corazón. En esta herida veo, mi bien, todas las culpas de aquellas almas que, no obstante las manifestaciones de tus favores en dones, besos y caricias, en las noches de la prueba, olvidándose de tu amor y de tus dones, quedan somnolientas y adormiladas, perdiendo así el espíritu de continua oración y vigilancia. 26 Mi Jesús, es cierto que después de haberte visto, después de haber gustado tus dones, para permanecer privados y resistir se necesita gran fuerza, sólo un milagro puede hacer que tales almas resistan la prueba. Por eso, mientras te compadezco por esas almas, cuyas negligencias, ligerezas y ofensas son las más amargas a tu corazón, te ruego que en caso de que ellas llegasen a dar un solo paso que pueda en lo más mínimo disgustarte, las circundes de tanta graciaque las detengas, para que no pierdan el espíritu de continua oración. Mi dulce Jesús, mientras regresas al huerto, parece que no puedes más; levantas al Cielo la cara manchada de sangre y de tierra y por tercera vez repites: «Padre, si es posible pase de Mí este cáliz. Padre Santo, ayúdame, tengo necesidad de consuelo; es verdad que por las culpas que he tomado sobre Mí soy repugnante, despreciable, el último entre los hombres ante tu Majestad infinita; tu Justicia está indignada conmigo; pero mírame, Oh Padre, soy siempre tu Hijo, que formo una sola cosa contigo. ¡Ah, ayuda, piedad oh Padre, no me dejes sin consuelo!» Después me parece oír, oh dulce bien mío, que llamas en tu ayuda a la amada Mamá: «Dulce Mamá, estréchame entre tus brazos como me estrechabas siendo niño; dame aquella leche que tomaba de ti para darme fuerzas y endulzar las amarguras de mi agonía; dame tu corazón que es todo mi contento. Mamá mía, Magdalena, amados apóstoles, todos ustedes que me aman, ayúdenme, confórtenme, no me dejen solo en estos momentos extremos, háganme todos corona a mi alrededor, denme por consuelo su compañía y su amor». Jesús, amor mío, ¿quién puede resistir el verte en estos extremos? ¿Qué corazón será tan duro que no se rompa al verte ahogado en sangre? ¿Quién no derramará a torrentes amargas lágrimas al escuchar los dolorosos acentos que buscan ayuda y consuelo? Jesús mío, consuélate; veo que ya el Padre te envía un ángel como consuelo y ayuda, para que puedas salir de éste estado de agonía y puedas entregarte en manos de los judíos. Y mientras estés con el ángel, yo recorreré Cielo y tierra. Tú me permitirás que tome esta sangre que has derramado, a fin de que pueda darla a todos los hombres como prenda de la salvación de cada uno y llevarte por consuelo y en correspondencia, sus afectos, latidos, pensamientos, pasos y obras. 27 Celestial Mamá mía, vengo a Ti para que vayamos juntas a todas las almas dándoles la sangre de Jesús. Dulce Mamá, Jesús quiere consuelo, y el mayor consuelo que le podemos dar es llevarle almas. Magdalena, acompáñanos; ángeles todos, venid a ver a qué estado se ha reducido Jesús. Él quiere consuelo de todos y es tal y tanto el abatimiento en el cual se encuentra, que no rechaza ninguno. Jesús mío, mientras bebes el cáliz lleno de intensas amarguras que el Padre te ha enviado, oigo que suspiras más, que gimes y que deliras, y con voz sofocada dices: «¡Almas, almas, vengan, alívienme, tomen su puesto en mi Humanidad, las quiero, las suspiro! ¡Ah, no sean sordas a mi voz, no hagan vanos mis deseos ardientes, mi sangre, mi amor, mis penas! ¡Vengan, almas, vengan!» Delirante Jesús, cada gemido tuyo y suspiro es una herida a mi corazón, que no me da paz, por lo que hago mía tu sangre, tu Querer, tu ardiente celo, tu amor, y girando por Cielo y tierra quiero ir a todas las almas para darles tu sangre como prenda de su salvación y llevártelas a Ti para calmar tus deseos, tus delirios y endulzar las amarguras de tu agonía. Y mientras hago esto, Tú acompáñame con tu mirada. Mamá mía, vengo a Ti porque Jesús quiere almas, quiere consuelo. Así que dame tu mano materna y giremos juntas por todo el mundo en busca de almas. Encerremos en su sangre los afectos, los deseos, los pensamientos, las obras, los pasos de todas las criaturas, y arrojemos en sus almas las llamas del corazón de Jesús, a fin de que se rindan, y así, encerradas en su sangre y transformadas en sus llamas, las conduciremos en torno a Jesús para endulzarle las penas de su amarguísima agonía. Ángel mío de mi guarda, precédenos tú, y ve disponiendo a las almas que han de recibir esta sangre, a fin de que ninguna gota quede sin su copioso efecto. ¡Mamá mía, pronto, giremos! Veo la mirada de Jesús que nos sigue, escucho sus repetidos sollozos que nos incitan a apresurar nuestra tarea. Y he aquí, Mamá, a los primeros pasos nos encontramos a las puertas de las casas donde yacen los enfermos. ¡Cuántos miembros desgarrados! Cuántos bajo la atrocidad de los dolores prorrumpen en blasfemias e intentan quitarse la vida, otros son abandonados por todos y no tienen quién les dé una palabra de consuelo, ni los más necesarios socorros, y por eso mayormente maldicen y se desesperan. Ah, 28 Mamá, escucho los sollozos de Jesús que ve correspondidas con ofensas sus más delicadas predilecciones de amor que hacen sufrir a las almas para volverlas semejantes a Él. Ah, démosles su sangre, a fin de que les suministre las ayudas necesarias y con su luz les haga comprender el bien que hay en el sufrir y la semejanza que adquieren con Jesús; y tú Mamá mía, ponte a su lado y como Madre afectuosa toca con tus manos maternas sus miembros doloridos, alivia sus dolores, tómalas en tus brazos y de tu corazón derrama torrentes de gracias sobre todas sus penas. Haz compañía a los abandonados, consuela a los afligidos, a quien carece de los medios necesarios dispón tú almas generosas que los socorran, a quien se encuentra bajo la atrocidad de los dolores obtenles tregua y reposo, y así, fortalecidos, puedan con más paciencia soportar cuanto Jesús dispone para ellos. Sigamos nuestro recorrido y entremos en las habitaciones de los moribundos. ¡Mamá mía, qué terror, cuántas almas están por caer en el infierno, cuántas después de una vida de pecado quieren dar el último dolor a ese corazón repetidamente traspasado, coronando su último respiro con un acto de desesperación! Muchos demonios están en torno a ellas infundiendo en su corazón terror y espanto de los divinos juicios, y así dar el último asalto para llevarlas al infierno, quisieran hacer salir las llamas infernales para envolverlas en ellas y así no dar lugar a la esperanza. Otras, atadas a los vínculos de la tierra no saben resignarse a dar el último paso; ah Mamá, los momentos son extremos, tienen mucha necesidad de ayuda, ¿no ves cómo tiemblan, cómo se debaten entre los espasmos de la agonía, cómo piden ayuda y piedad? ¡La tierra ya ha desaparecido para ellas! Mamá Santa, pon tu mano materna sobre sus heladas frentes, acoge Tú sus últimos respiros; demos a cada moribundo la sangre de Jesús, y así, poniendo en fuga a los demonios, disponga a todos a recibir los últimos sacramentos y a una buena y santa muerte. Por consuelo démosles la agonía de Jesús, sus besos, sus lágrimas, su llagas; rompamos las ataduras que los tienen atados, hagamos oír a todos la palabra del perdón y pongámosles tal confianza en el corazón, que hagamos que se arrojen en los brazos de Jesús. Y así, cuando Él los juzgue los encontrará cubiertos con su sangre, abandonados en sus brazos y a todos les dará su perdón. 29 Continuemos aún, oh Mamá; tu mirada materna vea con amor la tierra y se mueva a compasión de tantas pobres criaturas que tienen necesidad de esta sangre. Mamá mía, me siento incitada por la mirada indagadora de Jesús a correr, porque quiere almas; oigo sus gemidos en el fondo de mi corazón que me repiten: «¡Hija mía, ayúdame, dame almas!» Pero mira, oh Mamá, cómo la tierra está llena de almas que están por caer en el pecado y Jesús rompe en llanto viendo a su sangre sufrir nuevas profanaciones. Se requiere un milagro que les impida la caída, por eso démosles la sangre de Jesús, para que encuentren en ella la fuerza y la gracia para no caer en el pecado. Un paso más, Mamá mía, y he aquí almas ya caídas en la culpa, las cuales quisieran una mano que las levante, Jesús las ama pero las mira horrorizado porque están enfangadas, y su agonía se hace más intensa. Démosles la sangre de Jesús, y así encuentren esa mano que las levante. Mira, oh Mamá, son almas que tienen necesidad de esta sangre, almas muertas a la gracia; ¡oh cómo es deplorable su estado! El Cielo las mira y llora con dolor, la tierra las mira con repugnancia, todos los elementos están contra ellas y quisieran destruirlas, porque son enemigas del Creador. Ah Mamá, la sangre de Jesús contiene la vida, démosla pues a fin de que a su contacto estas almas renazcan, pero renazcan más bellas, tanto, que hagan sonreír a todo el Cielo y a toda la tierra. Giremos aún, oh Mamá; mira, hay almas que llevan la marca de la perdición, almas que pecan y huyen de Jesús, que lo ofenden y tienen desesperanza de su perdón, son los nuevos Judas esparcidos por la tierra, y que traspasan ese corazón tan amargado. Démosles la sangre de Jesús, a fin de que esta sangre les borre la marca de la perdición y les imprima la de la salvación; ponga en sus corazones tal confianza y amor después de la culpa, que los haga correr a los pies de Jesús y estrecharse a esos pies divinos para no separarse de ellos jamás. Mira, oh Mamá, hay almas que corren alocadamente hacia la perdición y no hay quien las detenga en su carrera. Ah, pongamos esta sangre delante a sus pies, para que al tocarla, ante su luz y sus voces suplicantes porque las quiere salvas, puedan retroceder y ponerse en el camino de la salvación. Continuemos, Mamá, nuestro giro; mira, hay almas buenas, almas inocentes en las que Jesús encuentra sus complacencias y el reposo en la Creación, pero las criaturas van a su alrededor con tantas insidias y escándalos, para arrancar esta 30 inocencia y convertir las complacencias y el reposo de Jesús en llanto y amarguras, como si no tuvieran otra mira que el dar continuos dolores a ese corazón divino. Sellemos y circundemos pues su inocencia con la sangre de Jesús, como si fuera un muro de defensa, a fin de que no entre en ellas la culpa; con esa sangre pon en fuga a quien quisiera contaminarlas, y las conserve puras y sin mancha, a fin de que Jesús encuentre su reposo en la Creación y todas sus complacencias, y por amor a ellas se mueva a piedad de tantas otras pobres criaturas. Mamá mía, pongamos a estas almas en la sangre de Jesús, atémoslas una y otra vez con el Santo Querer de Dios, llevémoslas a sus brazos, y con las dulces cadenas de su amor, atémoslas a su corazón para endulzar las amarguras de su mortal agonía. Pero escucha, oh Mamá, esta sangre grita y quiere todavía otras almas; corramos juntas y vayamos a las regiones de los herejes y de los infieles. ¡Cuánto dolor no siente Jesús en estas regiones! Él, que es vida de todos, no recibe en correspondencia ni siquiera un pequeño acto de amor y no es conocido por sus mismas criaturas. Ah Mamá, démosles esta sangre a fin de que les disipe las tinieblas de la ignorancia y de la herejía, les haga comprender que tienen un alma, y abra a ellas el Cielo. Después pongámoslas todas en la sangre de Jesús y conduzcámoslas en torno a Él como tantos hijos huérfanos y exiliados que encuentran a su Padre, y así Jesús se sentirá confortado en su amarguísima agonía. Pero parece que Jesús no está aún contento, porque quiere otras almas aún. Las almas de los moribundos en estas regiones se las siente arrancar de sus brazos para ir a caer en el infierno. Estas almas están ya a punto de expirar y precipitarse en el abismo, no hay nadie a su lado para salvarlas; el tiempo apremia, los momentos son extremos y se perderán sin duda. No, Mamá, esta sangre no será derramada inútilmente por ellas, por eso volemos inmediatamente hacia ellas, derramemos la sangre de Jesús sobre su cabeza y les sirva de bautismo e infunda en ellas Fe, Esperanza y Amor. Ponte a su lado, Mamá, suple todo lo que les falta, más aún, déjate ver, en tu rostro resplandece la belleza de Jesús, tus modos son en todo iguales a los suyos, y así, viéndote a Ti, con certeza podrán conocer a Jesús; después estréchalas a tu corazón materno, infunde en ellas la vida de Jesús que Tú posees, diles que siendo Tú 31 su Madre las quieres para siempre felices contigo en el Cielo, y así, mientras expiran, recíbelas en tus brazos y haz que de los tuyos pasen a los de Jesús; y si Jesús mostrase, según los derechos de la Justicia, que no las quiere recibir, recuérdale el amor con el que te las confió bajo la cruz, reclama tus derechos de Madre, de manera que a tu amor y a tus plegarias Él no sabrá resistir, y mientras contentará tu corazón, contentará también sus ardientes deseos. Y ahora, oh Mamá, tomemos esta sangre y démosla a todos: A los afligidos, para que por ella reciban consuelo; a los pobres, para que sufran resignados su pobreza; a los que son tentados, para que obtengan la victoria; a los incrédulos, para que triunfe en ellos la virtud de la fe; a los blasfemos, para que cambien las blasfemias en bendiciones; a los sacerdotes, a fin de que comprendan su misión y sean dignos ministros de Jesús. Con esta sangre toca sus labios, a fin de que no digan palabras que no sean de gloria de Dios; toca sus pies para que corran y vuelen en busca de almas para conducirlas a Jesús. Demos esta sangre a los que rigen los pueblos, para que estén unidos entre ellos y tengan mansedumbre y amor hacia sus súbditos. Volemos ahora al purgatorio y démosla también a las almas purgantes, pues ellas lloran y suplican esta sangre para su liberación. ¿No escuchas, Mamá, sus gemidos, sus delirios de amor que las torturan, y cómo continuamente se sienten atraídas hacia el sumo bien? Mira cómo Jesús mismo quiere purificarlas para tenerlas cuanto antes consigo, las atrae con su amor, y ellas le corresponden con continuos ímpetus de amor hacia Él, pero al encontrarse en su presencia, no pudiendo aún sostener la pureza de la divina mirada, son obligadas a retroceder y a caer de nuevo en las llamas. Mamá mía, descendamos en esta profunda cárcel y derramando sobre ellas esta sangre, llevémosles la luz, mitiguemos sus delirios de amor, extingamos el fuego que las quema, purifiquémoslas de sus manchas, y así, libres de toda pena, vuelen a los brazos del sumo bien. Demos esta sangre a las almas más abandonadas, a fin de que encuentren en ella todos los sufragios que las criaturas les niegan; a todas, oh Mamá, demos esta sangre, no privemos a ninguna, a fin de que todas en virtud de ella encuentren alivio y liberación. Haz de reina en estas regiones de llanto y de lamentos, extiende tus 32 manos maternas y una a una sácalas de estas llamas ardientes, y haz que todas emprendan el vuelo hacia el Cielo. Y ahora hagamos también nosotras un vuelo hacia el Cielo. Pongámonos a las puertas eternas, y permíteme, oh Mamá, que también a Ti te dé esta sangre para tu mayor gloria. Esta sangre te inunde de nueva luz y de nuevos contentos, y haz que esta luz descienda en beneficio de todas las criaturas para dar a todas gracias de salvación. Mamá mía, dame también a mí esta sangre; Tú sabes cuánto la necesito. Con tus mismas manos maternas retoca todo mi ser con esta sangre, y retocándome purifica mis manchas, sana mis llagas, enriquece mi pobreza; haz que esta sangre circule en mis venas y me dé toda la vida de Jesús, descienda en mi corazón y me lo transforme en el corazón mismo de Jesús, me embellezca tanto que Jesús pueda encontrar todos sus contentos en mí. Ahora sí, oh Mamá, entremos a las regiones Celestiales y demos esta sangre a todos los santos, a todos los ángeles, a fin de que puedan recibir mayor gloria, prorrumpir en himnos de agradecimiento a Jesús y rueguen por nosotros, y así en virtud de esta sangre podamos un día reunirnos con ellos. Y después de haber dado a todos esta sangre, vayamos de nuevo a Jesús. Ángeles, santos, vengan con nosotras; ah, Él suspira las almas, quiere hacerlas reentrar a todas en su Humanidad para darles a todas los frutos de su sangre. Pongámoslas en torno a Él y se sentirá regresar la vida y recompensar por la amarguísima agonía que ha sufrido. Y ahora Mamá santa, llamemos a todos los elementos a hacerle compañía a fin de que también ellos le den honor a Jesús. Oh luz del sol, ven a disipar las tinieblas de esta noche para dar consuelo a Jesús; oh estrellas, con vuestros trémulos rayos descended del cielo y venid a dar consuelo a Jesús; flores de la tierra, venid con vuestro perfume; pajarillos, venid con vuestros trinos; elementos todos de la tierra, venid a confortar a Jesús. Ven, oh mar, a refrescar y a lavar a Jesús, Él es nuestro Creador, nuestra vida, nuestro todo; vengan todos a confortarlo, a rendirle homenaje como a nuestro soberano Señor. Pero, ay, Jesús no busca luz, estrellas, flores, pájaros, Él quiere almas, almas. Helas aquí, dulce bien mío, a todas juntas conmigo; a tu lado está la amada Mamá, descansa entre sus brazos, también Ella tendrá consuelo al estrecharte a su seno, pues ha tomado mucha parte en tu dolorosa agonía; también está aquí 33 Magdalena, está Marta, y todas las almas amantes de todos los siglos. Oh Jesús, acéptalas, y diles a todas una palabra de perdón y de amor; átalas a todas en tu amor, a fin de que ningún alma te huya más. Pero me parece que dices: «¡Ah hija, cuántas almas por la fuerza huyen de Mí y se precipitan en la ruina eterna! ¿Cómo podrá entonces calmarse mi dolor, si Yo amo tanto a una sola alma cuanto amo a todas las almas juntas?» Conclusión de la Agonía Agonizante Jesús, mientras parece que está por apagarse tu vida, oigo ya el estertor de la agonía, veo tus bellos ojos eclipsados por la cercana muerte, tus santísimos miembros abandonados, y frecuentemente siento que no respiras más, y siento que el corazón se me rompe por el dolor. Te abrazo y te siento helado; te muevo y no das señales de vida. ¿Jesús, has muerto? Afligida Mamá, ángeles del Cielo, vengan a llorar a Jesús y no permitan que yo continúe viviendo sin Él, porque no puedo. Me lo estrecho más fuerte y oigo que da otro respiro y de nuevo no da señales de vida, y yo lo llamo: «¡Jesús, Jesús, vida mía, no te mueras! Ya oigo el ruido de tus enemigos que vienen a prenderte, ¿quién te defenderá en el estado en que te encuentras?» Y Él, sacudido, parece que resurge de la muerte a la vida, me mira y me dice: «Hija, ¿estás aquí? ¿Has sido entonces espectadora de mis penas y de las tantas muertes que he sufrido? Debes saber, oh hija, que en estas tres horas de amarguísima agonía he reunido en Mí todas las vidas de las criaturas, y he sufrido todas sus penas y sus mismas muertes, dando a cada una mi misma vida. Mis agonías sostendrán las suyas; mis amarguras y mi muerte se cambiarán para ellas en fuente de dulzura y de vida. ¡Ah, cuánto me cuestan las almas! ¡Si fuese al menos correspondido! Por eso tú has visto que mientras moría, volvía a respirar, eran las muertes de las criaturas que sentía en Mi» Mi atormentado Jesús, ya que has querido encerrar en Ti también mi vida, y por lo tanto también mi muerte, te ruego por esta tu amarguísima agonía, que vengas a asistirme en el momento de mi muerte. Yo te he dado mi corazón como refugio y reposo, mis brazos para sostenerte y todo mi ser a tu disposición, y yo, oh, de buena gana me entregaría en manos de tus enemigos para poder morir yo en lugar tuyo. 34 Ven, oh vida de mi corazón en aquel momento a darme lo que te he dado, tu compañía, tu corazón como lecho y descanso, tus brazos como sostén, tu respiro afanoso para aliviar mis afanes, de modo que conforme respire, respiraré por medio de tu respiro, que como aire purificador me purificará de toda mancha y me dispondrá al ingreso de la eterna bienaventuranza. Más aún mi dulce Jesús, aplicarás a mi alma toda tu santísima Humanidad, de modo que mirándome me verás a través de Ti mismo, y mirándote a Ti mismo en mí, no encontrarás nada de qué juzgarme; después me bañarás en tu sangre, me vestirás con la cándida vestidura de tu santísima Voluntad, me adornarás con tu amor y dándome el último beso me harás emprender el vuelo de la tierra al Cielo. Y ahora te ruego que hagas esto que quiero para mí, a todos los agonizantes; estréchatelos a todos en tu abrazo de amor y dándoles el beso de la unión contigo sálvalos a todos y no permitas que ninguno se pierda. Afligido bien mío, te ofrezco esta hora santa en memoria de tu Pasión y Muerte, para desarmar la justa ira de Dios por los tantos pecados, por la conversión de todos los pecadores, por la paz de los pueblos, por nuestra santificación y en sufragio de las almas del purgatorio. Pero veo que tus enemigos están ya cerca y Tú quieres dejarme para ir a su encuentro. Jesús, permíteme que te de un beso en tus labios, en los cuales Judas osará besarte con su beso infernal; permíteme que te limpie el rostro bañado en sangre, sobre el cual lloverán bofetadas y salivazos, y estrechándome fuerte a tu corazón, yo no te dejo, sino que te sigo y Tú me bendices y me asistes.